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«La función catártica es la de escribir, no lo que escribes»

Entrevista con el escritor Sergi Pàmies

  • Sergi Pàmies. Foto: Shooting
    Sergi Pàmies. Foto: Shooting

Tiempo de lectura 4 min.

06 de septiembre de 2018. 08:09h

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Víctor Fernández Barcelona. 6/9/2018

Sergi Pàmies vuelve a demostrar su maestría en el terreno del cuento con su nuevo libro, «L'art de portar gavardina», editado por Quaderns Crema. Basándose en hechos reales o ficticios, vividos o imaginados en primera persona, el autor reflexiona sobre la vida o la familia, todo ello con alguna pequeña dosis de humor, marca de la casa.

–Los cuentos que reúne en su nuevo libro, ¿tienen una función catártica?

–No, no tanto como los libros anteriores. En general diría que la función catártica es escribir, no lo que escribes. En el momento en el que empiezas a dedicarte a esto hay un elemento terapéutico o catártico, pero no es que este libro sea especialmente así en relación con los anteriores. El escribir ya es una anomalía en la gestión de las emociones y obsesiones.

–En el libro pone en boca de su madre, la escritora Teresa Pàmies, que «todo es susceptible de convertirse en literatura».

–Sí. La diferencia con mi madre es que la escritura no es el único camino. Normalmente yo he trabajado siempre con la realidad, con la imaginación y con la memoria y diría que este libro tiene menos imaginación, mucha más memoria y una parte alta de realidad. Por tanto, lo que ha cambiado aquí es la proporción. En cambio, mi madre entendía que la vida era el gran motor de lo que escribía, algo que he querido explicar tal y como lo planteaba, porque ella fue lo máximo de cuando la vida es la literatura. En mi caso es diferente.

–Eduardo Mendoza decía esta semana que los hechos concretos los cuentan los historiadores, pero lo vivido es materia de los escritores. ¿Está de acuerdo?

–En todo caso , los escritores o los protagonistas. Las memorias, por ejemplo, sirven para esto. Yo no sé si Ana Frank era escritora; lo que es seguro es que nos está contando una historia que solamente podía contar ella. Los historiadores no deben ocuparse de ello porque ellos se mueven en la zona de los hechos. Sin embargo, tampoco estoy seguro que esto sea solamente patrimonio de los escritores porque puede serlo también de los pintores, los músicos, los fotógrafos... Pero sí es cierto que la literatura creativa solamente puede ocuparse de aquello que se cuenta con palabras.

–En sus cuentos crea un juego acercándose y alejándose de los hechos.

–No es que exista un método científico para todo esto. En mi última novela, «Sentimental», tenía la percepción de que comenzaba algo donde no tenía la prevención purista contra los sentimientos que había tenido hasta entonces... Pero la tengo. Sin embargo, ese combate entre lo que es muy reacio y quien sabe que ser reacio no es bueno, una lucha que no es exclusiva de los escritores, me gusta que esté presente. Eso es lo que me define: es lo que soy. Por tanto, debo moverme en este territorio en el que no acabas de quedar muy bien porque no te defines, ni te comprometes con nada. Es el territorio moral en el que se mueven las historias del libro.

–En el libro aparece la Transición. Lo hace a partir de la experiencia de su padre. Me da la sensación que lo hace desde un punto de vista nostálgico, precisamente en un momento en el que se está viendo la Transición desde una perspectiva muy crítica.

–No es nostalgia sino como un apunte a pie de página que me permito poner de una manera sintomática contra la criminalización y ridiculización de la Transición. Lo que yo digo es que la Transición permitió que una persona que había estado escondida pudiera volver a su casa. Para poder hacerlo tuvo que negociar con aquellos que lo torturaron. Esa mesa en la que se unieron ministros franquistas y torturadores con comunistas que habían sido stalinistas, es decir, no especialmente demócratas, confluyó en un lugar común en la que también estaba la Iglesia, la semilla de los sindicatos, un mínimo respeto por unas nacionalidades y unas diferencias sociales... Yo estaba allí y sé de lo que hablo. Cuando oigo hablar de la asquerosa transición borbónica, tengo la sensación que quienes lo dicen ni estaban allí, ni saben de lo hablan.

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