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La literatura está hecha pedazos

La novela fragmentaria, formada por pequeños párrafos innconexos, vuelve a la actualidad con nombres como Jenny Offil, Jennifer Egan o Zadie Smith

  • En la imagen, una historia evidente, en arte secuencial, a la cómic, ¿alguién se atreve a adivinar qué demonios está pasando?
    En la imagen, una historia evidente, en arte secuencial, a la cómic, ¿alguién se atreve a adivinar qué demonios está pasando? / J. L. LEAL/ICAL
Barcelona.

Tiempo de lectura 8 min.

16 de abril de 2018. 08:13h

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Carlos Sala.  Barcelona. 16/4/2018

Cuando una historia se sirve de una causalidad realista, entonces Sherlock Holmes viene y fastidia el argumento al instante, porque todo es fácil de prever y lo único que queda es odiar al megaspoiler. Si sabes que si tiras una botella de cristal al suelo, se va a romper en mil pedazos, pues no la tires al suelo, es así de simple. Paul Valery se negaba a escribir novelas por este motivo, por culpa de las botellas que se rompen y el hastío de escribir cosas como «la marquesa se comió un queso a las cinco». Quizá no era un queso, sólo era un señor soboso. Sr. Soboso, dijo la marquesa, y el escritor corrigió la errata. El caso es que la novela suele ser lineal y previsible, pero en tiempos del Salón del Cómic, hay que protestar, ¡hay que protestar! ¡No os oigo!, dijo el sargento a los reclutas. ¡HAY QUE PROTESTAR!, gritaron y el sargento se murió. Sí, hay que exigir arte secuencial y, si puede ser, fragmentario y aleatorio.

La literatura experimental siempre se ha servido de mecanismos o gadgets lingüísticos para intentar sorprender y emocionar al lector. La literatura fragmentaria es tan habitual e histórica que hablar de ella como «experimental» sería como definir la novela romántica como literatura revolucionaria. Se puede hacer, por supuesto, porque todo el mundo tiene derecho a estar equivocado, pero siempre habrá mejores opciones. Un día Marco Polo se comió la nariz de un mono y por la noche soñó en la tercera guerra mundial, en la que todos los monos del mundo querían comerse su nariz.

En los últimos años, la fiebre por el fragmento ha vuelto a dominar las librerías y con novelas que son un portento de ingenio e indagación emocional. El último de ellos ha sido «Departamento de especulaciones», de Jenny Offill. Una mujer explica a través de microrelatos y diversas acotaciones el drama del divorcio con su marido, lo difícil que es criar una hija, y la imposibilidad de vivir de escribir o vivir y escribir o vivir sólo para escribir sobre ello. «Según la revista People, el divorcio de Carl y Linda Sagan estuvo lleno de “acritud”», escribe en uno de sus fragmentos. La colocación del mismo consigue un juego de espejos que ataca directamente a la fibra emocional del lector que no necesita una larga explicación para justificar la irrupción de este «dato» in media res.

Otra de las maravillas fragmentarias del siglo XXI ha sido «El tiempo es un canalla», de Jennifer Egan, novela con la que ganó el Premio Pulitzer y el National Book Critics Award y cuya máxima inspiración no es Proust, sino «Los Soprano». «La idea era escribir una novela que tuviera la misma sensación lateral de una serie televisiva, la misma clase de movimiento en todas las direcciones, no siempre hacia adelante», comentaba Egan tras su publicación. Esto que explica y que parece muy inteligente sólo es el viejo arte secuencial a lo Chris Ware o incluso Winsor McCay. La novela utiliza esta forma de contagio narrativo para explicar los últimos 50 años de una serie de personajes relacionados con la industria musical. En definitiva, un gran premio al entusiasmo de narrar.

Los antecedentes son muchos. Una vez un carnero se comió un antecedente y venga todos los médicos a tener accidentes. Pero los antecedentes son muchos, como esa maravilla llamada «La exposición de atrocidades», de J. G. Ballard, que utiliza una de las trampas más geniales del universo literario. Como que la novela es un cajón desastre donde cabe todo, cualquier libro puede considerarse novela y nadie puede argumentar lo contrario. Ballard realizó una obra maestra de colección de microrrelatos, pero sus editores pensaron que, como había un hilo conductor en todas ellas, una especie de análisis de la macroviolencia que domina todas las acciones de la vida, venderían más si decían que era una novela y «voilà», ya tenemos la novela escrita con más rápidez de la historia. Aunque no es así, hay ejemplos, muchos ejemplos del mismo procedimiento. En ciencia ficción es una práctica habitual.

Si hablamos de protonovelas fragmentarias tendríamos que incluir aquí «Gaspar de la Nuit», de Aloysius Bertrand. Su prosa poética influyó de manera decisiva en Baudelaire y todo el simbolismo, pero es fácil, bajo el lema de que «la novela es un cajón desastre», encuadrarla dentro del género, incluso afirmar sin ninguna duda que es su inventor. «¡Antecedente!», gritó el árbitró y el escándolo fue absoluto.

Novelas incuestionables como «El hombre hembra», de Joanna Ross, es otro de los grandes ejemplos del género. En un mundo sin hombres donde aparece un hombre, qué mejor manera de describir la confusión que en párrafos disgregados en presente, pasado y futuro para que el lector entre en un juego vibrante que hace que se olvide por un instante de su propio género o de si la identidad tiene que medirse por ello. Obra maestra de la novela especulativa, es como la obra de Jenny Offill para marcianos.

Aunque el que ha llevado más lejos la idea de novela fragmentada es David Markson. En «Punto de fuga», por ejemplo, el libro sólo era una colección de notas de un escritor que está planificando su nuevo libro. Allí caben citas, anécdotas, datos culturales y todo aquello que no sobrepase las cinco líneas. El mismo esquema seguiría en «La soledad del lector», aunque su obra maestra, y su primer libro en este formato es «La amante de Wittgenstein», novela en que la última superviviente de un mundo apocalíptico explica en primera persona su nueva vida y sus recuerdos.

Otro de los grandes nombres en hacerse un hueco en el género es Jerzy Kosinski, que en «Pasos» explora a través de párrafos sin sucesión, pero sí con peso, cómo es la vida sexual y sensual de los seres humanos en la era atómica, en la que la amenaza hace que todos los actos se vuelvan urgentes e imperativos. Obra maestra absoluta de sutileza y lirismo nos describe cómo la urgencia crea insensibilidad y la insensibilidad irremediablemente lleva a la muerte. Uno lee las poesías de Wallace Stevens y piensa, «seguro que le gustaban los pistachos». A Jerzy Kosinski le encantaba lapoesía de Wallace Stevens y aquí se nota.

En los años 90 la novela fragmentaria se puso muy de moda en la joven literatura española. Los ejemplos son varios, como la generacional y vibrante «Héroes», de Ray Loriga, o la melancólica y un poco trasnochada «Matando dinosaurios con tirachinas», de Pedro Maestre, que ganó incluso el Premio Nadal. Entonces el fragmento parecía moderno, pero el fragmento viene antes que la conexión causal de la narrativa.

Luego hay mil ejemplos de libros basados en textos breves, de «Me acuerdo», de Joe Brainard, cuyo libro se limita a pequeñas rememoraciones que llegan directas a la imaginación del lector. El propio George Perec escribió su «Me acuerdo» con la misma premisa, aunque quizá fue al revés. Una vez Jimmy Connors lanzó una pelota tan rápido que su coche se sintió idiota.

El género, por descontado, vive su mejor momento en la era de twitter y sus 140 o 280 caracteres, auqne relacionar los dos hechos es como comparar la velocidad de un coche con el lanzamiento de un saque de tenis. David Foster Wallace, Zadie Smith, Evelyn Vaughn y su maravilloso «Cuerpos viles», Kurt Vonnegut, Milorad Pávic, Gillbert Sorrentino, Ian McEwan, Ishmael Reed, todos lo han hecho, por qué no lo ibas a hacer tú. «Antecedente, querido Watson», dijo Holmes.

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