Mi general

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Permítanme que me presente, en mi vida cotidiana soy abogado y profesor universitario, pero unos días al año, en mi condición de Teniente Reservista, me incorporo al Ejército y créanme que cuando me pongo el uniforme que usted tantos años ha vestido siento un cosquilleo especial, un orgullo indescriptible que aumenta cuando los días de gala lucen en mi pecho las dos Cruces al Mérito Policial con distintivo blanco y la Cruz de Plata de la Orden del Mérito de Guardia Civil ganadas en la lucha antiterrorista.

Para mí, vestir el uniforme militar es un pacto de Honor, primero con uno mismo y luego con el orgullo que simboliza la defensa de la Bandera si es necesario a costa de la propia vida, la misma con la que cubrimos a nuestros muertos, la misma que bajo sus órdenes ondeó desde África hasta Afganistán, la misma que cuando la miras comprendes que la misión esencial es dar órdenes e impartirlas sin preguntar porqué.

No me cabe en la cabeza que un militar vocacional deje nunca de serlo, porque un policía retirado si ve a alguien en apuros acude en su socorro, porque un médico si encuentra a un ciudadano que lo precisa acude en su ayuda y supongo un militar cuando ve ultrajada su Bandera reacciona como lo hace el policía o el médico.

General Julio Rodríguez: Usted ha sido nuestro Jefe, no seré yo quien le recrimine el paso que ha dado, pero solo quiero decirle que espero que actúe de acuerdo con los valores que representaba si alguien ultraja nuestra Bandera, si alguien la ofende o si se encuentra usted a quienes aplauden a los asesinos de compañeros suyos como el Comandante Arturo Anquera Vallés, a cuya familia representé en el juicio contra los criminales de ETA, en definitiva que actúe de acuerdo con su conciencia y Honor.

Permítame que me despida deseándole personalmente suerte, y con el brindis que tantas veces habrá hecho:

Por el Rey, primer soldado de España. ¡Viva España!