Literatura

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Mirar a oriente con el tercer ojo

De Thomas Burke a David Kidd o Victor Segalen, la fascinación de los escritores occidentales por oriente vuelve a las librerías

Los libros de occidentales hablando de oriente podría hacer reír a los autóctonos, como en este cuadro de 1878 de Osman Hamdi Bey, A Young Emir Studying, en el que José Antonio Coderch trabajó en 1968
Los libros de occidentales hablando de oriente podría hacer reír a los autóctonos, como en este cuadro de 1878 de Osman Hamdi Bey, A Young Emir Studying, en el que José Antonio Coderch trabajó en 1968larazon

De Thomas Burke a David Kidd o Victor Segalen, la fascinación de los escritores occidentales por oriente vuelve a las librerías.

Aunque pocos se acuerden, Charles de Gaulle fue aspirante a Miss Universo por Francia en 1951 y podía haber ganado, claro que sí, tenía el cuerpo y el talento, pero cuando llegó el tiempo de la entrevista con el jurado, la fastidió. Le preguntaron simplemente qué sabía de China. El general y estadista francés sabía muchas cosas, y las que no sabía le ponían muy nervioso. Balbuceó, carraspeó, tosió, como si la respuesta estuviese en el fondo fondo de su garganta, pero no estaba allí, claro. Acabó por decir: «China es un país muy grande, poblado por muchos chinos». No es que se equivocara, por supuesto, pero el jurado esperaba otra respuesta. Quizá la culpa era del jurado, pero la cita es totalmente cierta.

Lo que queda claro es que durante mucho tiempo desde occidente los países orientales se vieron como espacios lejanos y misteriosos donde sólo podían ocurrir grandes aventuras o experiencias sobrenaturales. Sus habitantes eran misteriosas criaturas de ojos extraños y tez quemada. No había verdad en ellos, sólo la voluntad de experiencias al filo de lo imposible. Si el Quijote miraba molinos y veía gigantes, estos primeros pioneros veían un japonés y veían monstruos seductores escupidores de fuego. Y no había nada más que saber. Y esto era maravilloso. No es una crítica. ¿Qué es lo mejor de «El Quijote»? Pues el personaje del Quijote, por supuesto. A oriente le pasó lo mismo.

De esta forma, el romanticismo vistió de colores tan exóticos que hasta los orientales que leían esos libros gritaban: «¡yo también quiero vivir allí!». Entonces, los jóvenes escritores occidentales también los leyeron y se fueron en masa allí, a China, a Japón, Irán, India, tanto daba. Podíamos decir que el siglo XIX fue el siglo del enamoramiento, en el que uno idealiza a la persona amada. El siglo XX, sin embargo, fue el siglo del amor, cuando uno empieza a apreciar lo que tiene delante por lo que realmente es. ¿El siglo XXI? Todavía es pronto, esperemos que no acabe en divorcio, porque lo que parece que queda es las millones de fotos en instagram, y todo el mundo sabe que allí no hay enamoramiento, ni amor, ni nada, sólo frivolidad y presunción.

Aún así, aquellos extraños libros siguen fascinando. Lo demuestra el éxito sorpresa de uno de los libros del pasado 2018, «Noches en Limehouse», de Thomas Burke. Clásico de 1916 nunca antes traducido al castellano, el libro nos traslada al East End del Londres de principios de siglo, al Limehouse, el barrio chino de la capital inglesa, donde los modos de vida orientales chocaban de bruces con la tirantez británica y el roce creaba verdadera fiebre. Con una prosa exquisita, que explica cuentos con la suavidad de alguien que te explica un secreto, Burke nos descubre en mundo misterioso a dos metros de casa, lleno de opio, folklore, juego, contrabando, violencia y arrojo. Quien lo leyó en 1916 se dijo, si esto es China a pequeña escala, ¡vayamos a China y el alud será la bomba! Charles Chaplin fue uno de ellos, aunque en su caso sabía que nunca vería algo más bello que aquel libro.

Quien sí se marchó a Pekin a descubrir todos los secretos de aquella comunidad fue Victor Segalen. Escritor, poeta, etnógrafo, arqueólogo y doctor naval, entre muchas otras cosas, hizo que en el arranque del siglo XX se dejase de ver China con ojos colonialistas y de exotismo extremo. En su mejor novela, «René Leys» (Alianza Tres), nos presenta la voluntad de alguien que quiere entrar de verdad dentro de las murallas del gran Pekín para conocer in situ todas sus maravillas, sin barroquismo, sin exotismos, sin romanticismos idealizantes, sino como experiencia sensorial de primer nivel. Porque un nuevo mundo tiene que despertar nuevas sensaciones, y Víctor Segalen sabía despertarlas. Aunque parezca de mal gusto, es una lectura que te achina los ojos.

Grandes clásicos aventureros

Otro clásico de lo que ocurre en Pekín cuando te olvidas de donde vienes es «Historias de Pekín» (Libros del Asteroide), de David Kidd. Porque todo pueblo es mutable y susceptible de cambiar hasta hacerse irreconocible en cuestión de segundos. Eso es lo que le ocurrió a China a finales de los 40 y principio de los 50, con la irrupción de la revolución maoista y el fin de la llamada China milenaria. Kidd, que se había casado con una mujer china y vivía entonces allí nos cuenta el contraste entre los dos mundos. Se nota que es occidental porque está claro que prefiere el viejo imperio, no los avances que promete la revolución, pero siguen siendo historias fascinantes. Como él lo puso: «Siempre tuve la esperanza de que algún académico joven y brillante se interesaría por nosotros y por nuestros amigos chinos antes de que fuera demasiado tarde, de que estuviéramos todos muertos y las maravillas que habíamos contemplado quedaran sepultadas en el olvido». Ese joven no apareció, así que apareció él para contarlo.

Otro de los complejos coloniales que se cuelan en la literatura es caricaturizar al «extranjero» hasta villanizarlo. Eso ocurrió también en la cultura popular a principios del siglo XX. El éxito de las historias de Fu Manchú de Sax Rohmer responde a esta necesidad de dibujar la maldad con formas ajenas a la nuestra. Pero las historias eran tan fascinantes que uno sólo puede aplaudir. ¿Podía hacerse algo más racista que un malo malísimo chino? Claro, hacer su adaptación cinematográfica y no darle el papel a un chino, sino dárselo a Christopher Lee y pintarle la cara de amarillo. Viva el «whitewashing». Por suerte Fu Manchu era lo más interesante de estas historias.

En el otro lado del espectro están las increíbles historias de Kai Lung. Personaje creado por Ernest Bramah, este gran cuentacuentos explicaba las historias más asombrosas a lo Sherezade, y a veces hasta le daba tiempo de combatir a los malos malísimos. Bramah es uno de esos escritores a recuperar por los siglos de los siglos.

Pero no sólo de China vive el hombre. La literatura ha encontrado en oriente un escenario increíble para situar al héroe en un espacio semi lunar. Por supuesto, los libros de aventuras son los más frecuentes. Quién no recuerda «Lord Jim», de Joseph Conrad, o cómo la culpa y la vergüenza de occidente puede encontrar en oriente, hasta entonces un terreno virgen de sus vilezas, la redención. Aquí todavía hay cierto paternalismo en la figura de James, que se refugia en las profundidades de Asia después de un terrible acontecimiento. Allí, los indígenes de Sumatra acabarán por llamarlo Lord Jim cuando les ayude a combatir al invasor francés. Al menos los malos malísimos son los occidentales, así que no está mal. Lo que está mal, claro, es que James no sea el malo malísimo también, porque entonces es como decir que todos son malos menos yo. lo que se dice todo hombre occidental todos los días.

A partir de aquí hay de todo. Grandes libros de humor como «Un romance asiático», de C. H. Sisson a las historias de terror japonesas de Lafcadio Hearn. Pearl S. Buck, Louis Couperus, Graham Greene, Eric Newby, A. E. W. Mason, Peter Matthiessen, Peter Carey, la lista de fascinados por oriente es infinita.