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«No todos somos Duchamp o Beuys, pero actuamos como si lo fuéramos»

Entrevista a Iván de la Nuez, ensayista: "Estoy en contra del Hermitage y no lo necesitamos. Es patética la coartada intelectual porque será un consumo rápido para turistas rusos"

  • Iván de la Nuez, ensayista
    Iván de la Nuez, ensayista /

    Miquel González/Shooting

Tiempo de lectura 4 min.

23 de enero de 2019. 08:12h

Comentada
Víctor Fernández 23/1/2019

La mirada del ensayista, crítico y curador de exposiciones, Iván de la Nuez, se ha querido fijar en el arte contemporáneo. Para ello sigue el camino de Peter Bürger en «Teoría de la vanguardia». El resultado de esa reflexión es un texto tan agudo como ácido titulado «Teoría de la retaguardia. Cómo sobrevivir al arte contemporáneo (y a casi todo lo demás)», que acaba de publicar Consonni.

–¿Cree que ha muerto la vanguardia?

–Sí. Lo que quedan son ademanes, «ready-mades», citas de gestos vanguardiastas. En la «Teoría de la vanguardia», Peter Bürgen anunciaba que si no había una ruptura entre la frontera del arte y la vida, la vanguardia no existía porque dejaba cumplir su principal cometido. Ahora me sitúo en un momento posterior a su muerte que es el arte y su relación con la supervivencia. Nosotros no vivimos, sobrevivimos y eso es algo que vale para todo el mundo, también para los artistas. Mis ensayos nos son sobre las causas sino sobre las consecuencias. Como decía Robert Louis Stevenson, «todo el mundo acaba sentado, tarde o temprano, sobre un banquete de consecuencias».

–Usted le afirma que al arte contemporáneo le falta autocrítica.

–Sí. Me parece fundamental porque el arte contemporáneo no ha puesto el foco en todos los mundos posibles. No es que otro mundo sea posible sino que todos los mundos son posibles. Y ha hecho bien en expansión en política, iconografía y literatura. Eso lo lleva a juzgar todos esos mundos y a participar activamente de una crítica que, por lo general, es la política. Esto tiene un componente sartriano preocupante que es que el infierno son los otros. Pocas veces el arte habla de sí mismo. El arte puede hablarte de la especulación de una manera muy crítica, pero actuando como avanzadilla de esta propia especulación en la creación de museos de arte contemporáneo en los barrios antes degradados y hoy supercentrificados. El arte puede ser ecologista y participar de espacios de arte en zonas emergentes como Rusia, China o Emiratos Árabes, donde es escandalosa la participación del arte occidental en contraposición con las propias políticas que tienen esos países hacia la mujer, la pobreza u otros temas.

–¿En qué medida los museos son culpables de esta situación? Afirma que los museos se han destinado a ser hogar de los clásicos.

–Usan los clásicos cuando necesitan público. ¿Por qué? Porque cuando se hace un discurso supuestamente contemporáneo, la gente le da la espalda. Aquí hay una norma de la cultura contemporánea que es la existencia de una sobredosis de oferta sobre la demanda. En esa sobredosis, el museo contemporáneo surge con el apogeo del arte contemporáneo, pero con la debacle del comunismo, de las ideas radicales y socialistas. El museo empieza a actuar como mausoleo de estas ideas. Así hay una musealización de los discursos radicales, de la revolución y esto es porque los museos actúan como museos de las grandes causas. Admiraría más un museo de las consecuencias.

–¿El arte le teme al futuro? Usted incluso habla de hacer un «moonwalker», andar atrás como el famoso baile de Michael Jackson?

–Ese detalle, el querer contar las cosas al revés, es ese «moonwalker» de querer ir hacia atrás. El arte le teme al futuro desde el mismo momento en el que lo contemporáneo no es lo mismo ni para usted ni para mi; es lo que nos acontece, lo que ya es eterno. Es una línea larga que va de Duchamp a hoy y que son unos cien años en la que todo es arte contemporáneo.

–Los museos han llegado a exponer personas.

–Sí y eso es el no va más del «ready-made». Fue muy importante el «ready-made» porque demostraba que si tú pones un objeto cualquiera en un espacio de arte, por estar en ese espacio se imantaba, por así decirlo, y se significaba. Ahora ya no son las cosas sino las causas las que van a los museos y ya no van los objetos sino los sujetos. A partir de ahí, ¿dígame que otro paso se puede dar? Será muy difícil. Por otro lado, aquello que planteó Duchamp de que cualquier cosa podía ser arte y lo que dijo Beuys que cualquiera podría ser artista, eso ya está cumplido. Hay que sentarse a pensar y ser honestos y saber que lugar va a tener el arte en el lugar en el que todos van a tener los medios que antes solamente eran para los artistas. Es hablar visualmente. Esas utopías ya están cumplidas, aunque tal vez no con los resultados que ellos esperaban como artistas. No todo el mundo es Duchamp ni Beuys, pero actúamos como si lo fuéramos.

–¿Qué le parece un proyecto como el del Hermitage Barcelona? ¿Tiene sentido?

–Estoy en contra de eso. Me posiciono en contra del Hermitage y creo que no lo necesitamos. Me parece patética la coartada intelectual porque en el fondo será un consumo rápido para turistas rusos que no van a pasar de las Ramblas hacia arriba, sin descubrir nada de lo que le pueda ofrecer la ciudad. Barcelona no lo necesita y ya tenemos suficientes problemas. Es algo que no forma parte del modelo Barcelona sino de la marca Barcelona. No me parece demasiado diferente de aquella barbaridad con casinos que se quería construir en Tarragona. Así que soy contrario.

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