Olvidado señor Cayo

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A buen seguro que conforme se va acercando la fecha de las elecciones se acordarán otra vez los políticos de que el campo también existe, y hablarán del abandono que padece, y del despoblamiento, y para arañar aunque sea un puñado de votos hasta enviarán y todo al último de la lista a que vaya por los pueblos en busca de los señores Cayo de turno. Aunque a lo mejor ni eso, porque el de la novela de Miguel Delibes votaba en las primeras elecciones generales de la democracia, las de junio de 1977, y había todavía muchos como él en los pueblos, pero ahora son ya tan pocos los que quedan que lo más probable es que no les salga a cuenta disputarse su voto como entonces y ni se acuerden.

Con lo cual el tema pasará al limbo del olvido, como todo lo que no produce réditos electorales, y mientras tanto el campo seguirá desangrándose en silencio, y el despoblamiento continuará su ritmo implacable, y las regiones y comarcas interiores se irán vaciando de modo inexorable sin que nadie le ponga remedio a nada.

Es el destino, o la maldición, de muchos pueblos desde que, en la década de los setenta del siglo pasado (y ya antes, a finales de los cincuenta y primeros de los sesenta, pero no con tanta prisa) comenzó la desbandada: primero se cerraron las casas, algunas para siempre, otras para abrirse solo una temporada en verano; luego se cerraron también las escuelas, que poco a poco se fueron quedando sin niños, y hasta en algunos casos las iglesias.

Jóvenes que no veían en el campo su porvenir, familias enteras que lo dejaron todo, su vida de siempre, sus costumbres, su tierra, sus raíces, su pasado, y marcharon con la maleta a cuestas en busca de otra vida mejor, con más comodidades...

Después, solo sombras y silencio.