Literatura

China

Sexo y palabras, la unión perfecta

La novela erótica vive una nueva edad de oro mientras espera su final aceptación dentro del canon de la alta literatura, con un gran pasado pero ¿un mejor futuro?

“Outlander” de Diana Gabaldon volvió a poner de moda la novela histórica con tintes romantico-eróticos
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La novela erótica vive una nueva edad de oro

La pregunta es pertinente, ¿qué queda del erotismo en la era Tinder, donde todas las cartas están descubiertas, la información está sobre la mesa, y por tanto lo que se busca es el estímulo rápido y el desahogo? En realidad, no queda nada, ¡nada! Pero tranquilos, tampoco es dramático. Porque el erotismo no es más que la teatralización del deseo, o sea es pura retórica, verborrea, historias inventadas para hacernos parecer más importantes o al menos para desear con mayor intensidad. ¿Eso quiere decir que el erotismo es prescindible, no importante? Ni mucho menos. ¡Es lo único importante! La realidad es que si el deseo no se teatraliza, no existe, pues todo deseo es la construcción de una necesidad, o para que sea una necesidad, se ha de construir como tal. Por ello, el erotismo es vital.

El sexo, por tanto, no es tanto el acto sexual y animal en sí, sino todo lo que explicamos alrededor, todo lo que construimos para hacerlo más relevante y sensible, o sea la teatralización de ese deseo. Sí, señores, para los seres humanos, el sexo no es tan importante como el erotismo. Es así y de ninguna otra manera. Por eso, lo único grosero, soez y bestializante al hablar de sexo es no hablar de ello. Eso nos animaliza. Hay que construir deseos. Una vez conocí a un teniente de la armada que se creía una ardilla y decía que hablar de sexo era una vulgaridad. ¡Cállate ardilla!

La literatura erótica, por tanto, es uno de los géneros fundacionales de la literatura o una de las causas de que incluso exista. Antes de escribir sobre la muerte se escribió sobre el deseo. Y la literatura erótica, con su capacidad para amplificar el deseo, para doblarlo, multiplicarlo, crearlo del delito al éxtasis, ha sido uno de los causantes de que hagamos mejorado nuestra capadidades lingüísticas. Sin la voluntad de teatralizar el deseo, sólo necesitaríamos cuatro palabras, las cuatro palabras que se necesitan para ligar en Tinder.

Y aún así, todavía hay una extraña suspicacia en torno a la novela érótica, una pátina de desprestigio y acusación de indecencia Se decía que con “50 sombras de Grey” crecieron las ventas de libro digital porque así los lectores no tenían que pasar la vergüenza de comprar un libro famoso por hablar de relaciones sadomasoquistas. ¡¡En serio!! Sí, muchos disfrutaron de las aventuras del misterioso Grey y su joven amante de incógnito, cubiertos de rubor, como si fuese pura pornografía. Esos hombres y mujeres deberían haber ido a comprarlo a la librería con orgullo asegurando al dependiente que sin ese tipo de libros él, que sólo lee a Galdós y Fray Luis, ni siquiera sabría hablar y no podría leer a nadie. Así que, ¡calla ardilla! Y esto no tiene nada que ver con que «50 sombras de Grey» sea o no una buena novela, sino que el erotismo, como tema, es vital en la historia de la literatura y de la raza humana en pleno.

Ejemplos hay muchos y muy celebrados, del antiguo Egipto y el conocido «Papiro de Turín», a la Antigua Grecia y esa maravillosa «Lisistrata» de Aristófanes o el radicalmente sensual «Los diálogos de las cortesanas» de Luciano, el inventor del lesbianismo. No es que inventase el deseo entre mujeres, claro, sino que al describirlo y darle nombre estableció los parámetros a partir del cual ese tipo de deseo empezó a crecer. Y luego está la gran Roma con «Satiricón», de Petronio, con su lascivia indulgente y el abúlico placer de los patricios. Llegó a convencer al mundo de que todo estirado se hace mucho mejor.

Aquí podemos equipar la literatura erótica con la épica, pues parten del mismo modelo, la misma teatralización de un deseo, que no deja de ser la historia de una conquista, ya sea una persona o un reino. Sin embargo, con la Edad Media y sus corsés y represiones más castrantes, esta unión de estilos quedó más desdibujado. El «Decameron» de Bocaccio, ni su respuesta un siglo después por parte de Margarita de Navarra con el «Heptameron» quitaron toda la épica de la conquista y se centraron en lo grotesco del buen hacer amoroso. El erotismo empezaba a verse como un sarcasmo del amor, no como su más fiel de sus consejeros y la literatura erótica cayó en decadencia. Y no es algo que ocurriese sólo en occidente. En China, la fascinante «La alfombrilla de los goces y los rezos», de Liu Yu, también basa su fuerza narrativa en la ironía, pero en esta ocasión se reflexiona por primera vez en el erotismo como base principal para la sabiduría y el conocimiento.

En la era moderna nos encontramos con hitos como «Fanny Hill», de John Cleland y esa revolución que fue «Justine», del Marqués de Sade, catálogo de castigos contra la represión y reivindicación de nuevo del sexo como conquista, no como grotesca broma. Ya en el siglo XIX tenemos a extrañezas como «La Venus de las pieles», de Leopold von Sacher-Masoch, que daría pie al término sadomasoquismo. Aunque en esta época hubo una auténtica inundación de títulos eróticos anónimos.

El siglo XX tiene también grandes ejemplos dentro del género como «El amante de Lady Chatterly», de D.H. Lawrence, su peor novela, pero su mayor escándolo y por tanto su libro más popular. Los trópicos de Henry Miller, sexo vitalista, sexo con fanfarria, devolvieron la poesía y la conquista a la novela erótica. A su lado, y como reverso, las líricas exaltaciones de Anaïs Nin. Después estaría la excelente «Las historias de O», de Dominique Aury o la vouyerística y exhibicionista «La historia del ojo», de Bataille, libro tesis que demuestra que lo único que ansía un exhibicionista es verse, y por eso es el incapaz, el imposible, el contradeseo.

Más cercanos y recomendables son «Miedo a volar», de Erica Jong; «Las edades de Lulú» o las reimaginaciones de la historia de la Cenicienta de Mario Vargas Llosa o Anne Rice. Y ahora, que queda Tinder, ¿qué? Francamente, el deseo ya da igual y el erotismo... ¡Calla ardilla!

El comic también se apunta al erotismo, de Colleen Coover a Melinda Gebbie

Los cómics tienen en el erotismo a un dudoso aliado, pero aún así hay grandes ejemplos. El último es «Small Favors», de la entrañable Colleen Coover, una historia de extrama sensibilidad sobre una relación lésbica o cómo hay que amar nuestra consciencia del mundo para precisamente amar al mundo. Otro hito, más épico y menos personal, es el firmado por el mítico Alan Moore y la dibujante Melinda Gebbie, «Lost girls». Niki Smith o Stjepan Sejic son otros grandes talentos.