José F. Martínez Valls: «La malnutrición por exceso me preocupa más»

Jefe de sección del Servicio de Endocrinología y Nutrición del hospital Clínico de Valencia

La alimentación tampoco se libra de las tendencias. Los Servicios Sociales estudian quitarle la custodia a un madre estadounidense que durante los últimos diez años ha alimentado a su hijo exclusivamente a base frutas y verduras crudas, ¿qué riesgo comportan este tipo de dietas?

– Un niño no debe seguir las modas crudiveganas. Ni un niño, ni un adulto. Necesitamos proteínas, hidratos de carbono, grasas.. y pese a que defiendo la idea de que se ingieran alimentos poco elaborados para que no pierdan sus propiedades fundamentales, no está demostrado que el consumo en crudo sea mejor.

-Pero los defensores de lo natural advierten de los riesgos del pescado contaminado, de que la carne produce cáncer....

-Eso es: «O pelut, o pelat». En el término medio está lo saludable. Ni comiendo toda la vida pescado, acabaríamos intoxicados por mercurio. Y respecto a la hormonas de los animales, tres cuartos de lo mismo.

-¿Hay muchos pacientes que no lo vean de este modo?

-Lo que estamos viendo en consulta son los dos extremos. Gente obsesionada con la alimentación sana y otra parte de la población que pasa olímpicamente.

-¿Qué opina de los que se obsesionan con los productos ecológicos? ¿Un kilo de tomates a seis euros es más sano que uno que cuesta dos?

-En absoluto. Otra cosas es lo que la industrialización comporta al sabor de los alimentos. Un tomate de la huerta de Alboraia no sabe igual que uno de un supermercado.

-Llevan décadas promulgando las bondades de la dieta mediterránea, ¿por qué no cala el mensaje?

-Porque hay que empezar desde muy pequeños. La alimentación debe aprenderse en el colegio. Debería haber una asignatura de nutrición igual que la hay de gimnasia, que, además, debería entenderse como algo más que hacer deporte.

-¿Eliminar las máquinas expendedoras de chucherías y bollería industrial en colegios e institutos ayudaría?

-Sí, pero es una medida que no ha calado. Hace 40 años ya lo intentaron en Estados Unidos y no les ha servido de nada. La idea era buena, pero siempre se quedan en buenas intenciones. Quitar las máquinas de refrescos o «snacks» está bien, pero el problema está en casa. Si les das a un niño dinero para un bocadillo de jamón y se compra un dónut o un bollycao...

-Hace unos meses un informe aseguraba que 50.000 niños catalanes sufren malnutrición, ¿qué hay de cierto en ello?

-Hay que aclarar los términos. «Desnutrición» es cuando hay una falta de un nutriente importante. Lo que vemos en países subdesarrollados de África o Sudamérica. Sería el grado extremo de una malnutrición por falta de acceso a los alimentos. La «malnutrición», por su parte, no compromete la vida del paciente, pero sí afecta a su calidad. Además, ésta puede ser por exceso o por defecto, y la verdad es que lo que más estamos viendo es por abuso. Es decir, se dan más casos de niños obesos mal alimentados que niños famélicos. La proporción es de cuatro a uno.

-¿Y qué les preocupa más?

-Los primeros, porque a largo plazo van a tener más repercusiones negativas sobre su salud. Tener un 45 por ciento de la población infantil con sobrepeso es una barbaridad.

-¿Entonces en España no hay niños que pasan hambre?

-Siendo grave el problema, no es tan grave como lo pintan. Es cierto que la crisis comporta una falta de recursos, y que hay muchos niños que van al colegio sin desayunar, pero es que ya iban así antes de la crisis. Es más una cuestión de educación, porque no existe la cultura de las cinco comidas al día. Lo que sí es cierto es que ahora existen núcleos de población, sobre todo inmigrante, que no tienen acceso a los recursos. De hecho, se dan casos de niños que no ingieren tres comidas al día. Pero, insisto, siendo esto grave, que lo es, la magnitud del problema no se acerca en absoluto al problema de la obesidad infantil. No se puede tolerar que haya un niño que no coma, pero nos preocupa más el que come en exceso y malcome.

-¿Cómo calificaría la actuación de las autoridades sanitarias al respecto?

-La obesidad infantil no sólo es un drama, sino que, además, genera muchísimo gasto sanitario. Pero al parecer aún no lo han pillado. Hace seis años llevamos un plan contra la obesidad a la Conselleria de Sanidad y todavía deben tenerlo sobre la mesa.

-Existe un importante factor psicológico en los trastornos alimenticios y el aumento de los casos de obesidad, ¿cree que el problema debería abordarse de manera conjunta con otras disciplinas?

-Hay un vacío organizativo. Cuando hablamos de alimentación, el tratamiento integral debería sustentarse sobre los pilares del tratamiento médico, el comportamental-psicológico, el farmacológico y en algunos casos, la cirugía. Y todos son importantes. Igual que existen psico-oncólogos debería haber psico-gordólogos (bromea). La obesidad para la asistencia sanitaria es el patito feo. Un ejemplo: A día de hoy sólo hay un fármaco que puede ser efectivo contra la obesidad, y no lo financia la Seguridad Social. Para unas cosas es un problema de salud pública y para otras, de estética.

-¿Y veremos algún día la pastilla contra la obesidad?

-No creo. Soy muy escéptico. A la obesidad no se llega porque uno come mucho y gasta poco. Es algo mucho más complejo. La farmacología está para ayudar, no como tratamiento milagroso.

-Pregunta obligada a poco más de un mes de la Navidad ¿siguen siendo tres los kilos que vamos a engordan durante esas fechas?

-Como todos los años (ríe). A mis pacientes les suelo decir que yo no prohíbo las anécdotas. Es decir, se puede ir a cenar el sábado con los amigos, pero el día a día es el que importa. El problema es que en nuestra cultura siempre tenemos una excusa para saltarnos la dieta. El español no celebra las cosas yendo a escuchar música o a correr por Viveros. Nosotros lo celebramos comiendo, haciendo una «torrà de xulles».

-¿Y lo de dejar de fumar y engordar cómo se arregla?

-El tributo que se paga por dejar de fumar suele ser de cuatro a cinco kilos, pero vale la pena. Esos kilos que se ganan, no son porque se cambian los patrones de alimentación, porque si lo hacen es durante un mes y medio, sino porque la nicotina consume oxígeno y eso provoca que se quemen más calorías. Y al final el peso se estabiliza y si haces ejercicio, acabas perdiendo lo que has engordado.