Política

Adiós a 150 años de chabolismo en Madrid

En la postguerra, 400.000 personas vivían en condiciones tercermundistas. Al final de los setenta, había censadas 30.000 chabolas.

Entre 2008 y 2011 se realizó el desmantelamiento del poblado de Las Mimbreras junto al aeródromo de Cuatro Vientos, en Latina
Entre 2008 y 2011 se realizó el desmantelamiento del poblado de Las Mimbreras junto al aeródromo de Cuatro Vientos, en Latina

En la postguerra, 400.000 personas vivían en condiciones tercermundistas. Al final de los setenta, había censadas 30.000 chabolas.

No hay mal que cien años dure. Pero hay excepciones, y el fenómeno lapidario del chabolismo en Madrid, ha durado 150 años, desde los primeros asentamientos de infraviviendas, en el último tercio del siglo XIX, que dieron lugar al nacimiento de barrios marginales, como el de las Injurias, hasta el desmantelamiento, que comenzó hace unos días, del último núcleo chabolista de importancia: El Gallinero.

Durante siglo y medio, la geografía del chabolismo en Madrid se ha localizado en barrios suburbiales de los distritos más periféricos de la capital: Vallecas, San Blas, Villaverde, Carabanchel, Latina... Barrios con nombres propios en el «catastro» de la miseria, de las condiciones tercermundistas en muchas épocas y de la pobreza extrema siempre; como el Pozo del Tío Raimundo, el Cerro del Tío Pío, Palomeras, Entrevías, Puente de los Tres Ojos, La Celsa, Los Focos, las Barranquillas, el Pozo del Huevo, Orcasur, el Rancho del Cordobés, la Ventilla, San Petronila, Alto de San Isidro Pan Bendito o las cuevas del Tejar de Luis Gómez.

Al concluir la Guerra Civil, se produce el gran éxodo desde las zonas rurales a la capital de España. Estas familias, ante la imposibilidad de conseguir una vivienda asequible, comenzaron a construirse sus propias chabolas sobre suelo público, en la mayoría de los casos, hasta el punto de que durante los años sesenta, Madrid era la capital europea con mayor porcentaje de población chabolista.

Los escritores del XIX se ocuparon del nuevo fenómeno que había aparecido en la ciudad, y especialmente en los «barrios bajos». Era el chabolismo: conjunto de casas míseras, insalubres, sin servicios básicos y construidas con materiales de desecho de baja calidad. Y todos ellos coincidían en un enclave : el barrio de las Injurias, situado en la hondonada entre el paseo de las Acacias, Yeserías y Pirámides. Lo componían 50 chabolas habitadas por obreros y familias sumidas en la indigencia, y por las que pagaban a los propietarios que las habían construido de forma ilegal, alquileres de 25 céntimos diarios.

Desde su nacimiento, en el último tercio del siglo XIX, hasta 1906, cuando el Ayuntamiento decidió desmantelarlo, se vivieron episodios de auténtica marginación social. La decisión municipal que obligaba a erradicar este barrio chabolista, no iba acompañada de un plan de realojamiento de sus vecinos, lo que provocó una fuerte resistencia de éstos a abandonar sus infraviviendas. Pero el destino, lo resolvió de forma drástica cuando unas lluvias torrenciales, arrasaron todas las chabolas y aquí acabó la historia, de la que se ocupó Pío Baroja en su novela «Mala hierba».

A principios del siglo XX, el fenómeno del chabolismo empieza a arraigar en Madrid, con los núcleos de infravivienda de Vallehermoso, La Elipa, Peñuelas, Hernani, Prosperidad y junto al arroyo del Abroñigal.Crece de forma espontánea en la periferia, sobre todo por el sur, pero la gran explosión se produce tras la Guerra Civil, cuando comienza el éxodo de miles de familias desde las zonas rurales. Pero en la capital se encuentran con muchas dificultades, y sobre todas ellas, la de la vivienda. El mercado inmobiliario privado es escaso en promociones y fuera del alcance de estas familias emigrantes. La única alternativa, era construirse sus propias chabolas. Lo hacían aprovechando la clandestinidad de la noche, y en la mayoría de los casos, al día siguiente, la Guardia Civil las echaba abajo. A la caída del sol, vuelta a las labores de levantarlas.

En la geografía madrileña del chabolismo, se conformaron dos grandes barrios de infraviviendas: el Pozo del Tío Raimundo y Palomeras, ambos en Vallecas. En el primero de éstos barrios, llamado así por la existencia de un pozo en un terreno de un tal «tío» Raimundo, se levantó la primera chabola, en 1925, cuando un asturiano, José Cortina, construyó allí su casucha; más tarde, surgieron una taberna y la casa de un campesino de Jaén.

Fue en la década de los cuarenta, cuando el Pozo empieza a ser barrio, poblado por cientos de chabolas a un ritmo ya imparable, de forma ilegal, ya que se construía sin licencia sobre terrenos calificados como rústico-forestales, que no estaban inscritos en el Registro de la Propiedad. Estas circunstancias impedían que los habitantes pudieran contratar suministro eléctrico y agua corriente. En 1956, la Comisaría de Urbanismo del Ayuntamiento inició un expediente de expropiación de todo el barrio, lo que obligó a realizar un censo de la población, la anulación de contratos de compra-venta y nuevas construcciones.

Al Pozo había llegado el padre Llanos, el «apóstol del barrio», que levantó una iglesia, organizó a los vecinos para que llevaran a cabo sus reivindicaciones e impidió el derribo de chabolas por parte de la Guardia Civil. Con penalidades, se llega a 1975, donde un Plan Parcial pone gran parte del barrio a disposición de la iniciativa privada, procurando el realojamiento los vecinos en bloques de viviendas sociales. Un caso similar fue el del vecino barrio de Palomeras, que pasó por el mismo proceso, hasta que en el año 1979, se construyeron viviendas dignas, financiadas por el Estado. Empezaba el principio del fin del chabolismo.

Durante las década de los cincuenta y sesenta, el fenómeno chabolista se dispara. La carestía del mercado inmobiliario, la escasez de vivienda de promoción pública y la continua llegada de familias del campo a la ciudad, son las causas de este desarrollo desaforado. Se consolidan y crecen núcleos como la Meseta de Orcasitas, Orcasur, Entrevías, la Ventilla, San Pascual, la Alegría, el Ventorro de la Puñalá, Pozo del Huevo, La Celsa o Pitis, y surgen otros con vocación de ser importantes en un futuro inmediato: Los Focos, las Barranquillas, Santa Petronila, las Mimbreras, el Salobral, el Gallinero o el Cañaveral. En los años cuarenta, se estimaba que 400.000 personas vivían en chabolas, infraviviendas o chozas en Madrid.

Al finalizar la década de los setenta, hay censadas en Madrid 30.000 chabolas, en las que viven más de 100.000 personas, lo que la convierte en la capital europea con mayor número de éstas. Y, además, se cometió un error de bulto: cuando el Ayuntamiento o el Ministerio de la Vivienda, estaban en condiciones de realojar a éstas familias en pisos de promoción pública, se cometió el error de no derribar las chabolas cuando eran desalojadas, y al día siguiente volvían a ser ocupadas.

La llegada de los ayuntamientos democráticos y la intervención de la administración central para llegar a compromisos de realojamiento, hizo que el fenómeno del chabolismo entrara en recesión, aunque le quedaban aún muchos años para darlo por extinguido técnicamente. En 1986, el número de chabolas censadas, se había reducido a 2.000; en 2007, a 913, y en 2015, a 586, diseminadas en diez núcleos.

Y sobre la desgracia humana de vivir en estas condiciones, en el ámbito chabolista se coló de forma impactante y progresiva, el mundo de la droga, con especial incidencia en núcleos como La Celsa, Los Focos o Las Barranquillas.