Arganzuela

Arganzuela, un oasis para niños refugiados saharauis

El Matadero da la bienvenida a 80 niños procedentes de un campamento argelino, que pasarán dos meses de verano con familias de la Comunidad gracias a «Vacaciones en paz»

Al-Hach jugando al futbolín con Eva, Ángel y sus hijos, Clara y Carlos/ Connie G. Santos
Al-Hach jugando al futbolín con Eva, Ángel y sus hijos, Clara y Carlos/ Connie G. Santoslarazon

El Matadero da la bienvenida a 80 niños procedentes de un campamento argelino, que pasarán dos meses de verano con familias de la Comunidad gracias a «Vacaciones en paz». Los menores podrán disfrutar de una alimentación saludable, revisiones médicas y asistencia dental

Al-Hach alucina con el cambio de luz de los semáforos y se queda absorto mirándolos, en cada paso de peatones. Tiene 11 años y se descalza todo el rato –no está cómodo en sandalias–, pero no se quita las botas de fútbol que le regalaron hace unos días. Pese a ser muy obediente, Al-Hach se resiste a salir de la piscina para niños. «La de mayores le asusta, sólo se ha mojado un poco los pies», explica Eva, su madre de acogida. No quiere ni imaginarse el gesto que esbozará su rostro cuando se lo lleven a la costa y vea el mar por primera vez.

A este pequeño se sumaron ayer otros 80, de entre 10 y 12 años, que serán acogidos por familias madrileñas durante los meses de julio y agosto. El acto de bienvenida tuvo lugar en las Naves de Terneras de Matadero, y a él acudió la presidenta del distrito de Arganzuela, Rommy Arce, y el tercer teniente de alcalde, Mauricio Valiente. Pero Al-Hach llegó el pasado 2 de julio. Pasará el verano con Eva, Ángel y sus dos hijos, lejos del calor sofocante de los campos de refugiados de la provincia de Tinduf –en el suroeste de Argelia–, una de las zonas más inhóspitas del desierto del Sáhara. Y a pesar de haber escapado por unos días de ese pedregal donde no hay agua ni vegetación, en ocasiones los 2.186 kilómetros que le separan de su madre se vuelven el doble de abrasadores que la «hamada argelina». Al-Hach deambula algo acongojado por los alrededores de la piscina de un club privado en Suanzes hasta que su padre de acogida le sienta en el lateral de un futbolín y, de súbito, el pequeño desplegó por fin una sonrisa que hasta el momento sólo había perfilado. Es el poder que ejercen sobre él palabras como «Cristiano Ronaldo».

Como Al-Hach, más de 4.028 menores participan en esta edición de «Vacaciones en Paz», que comenzó en 1988. Se trata del programa de ayuda al pueblo saharaui con más éxito en la provincia, según la Federación de la Comunidad de Madrid de Asociaciones Solidarias con el Sáhara (FEMAS-Sáhara). Gracias a las subvenciones del Ayuntamiento y empresas privadas, y de la mano de los voluntarios de la Asociación de Amig@s del Pueblo Saharaui, así como de sus familias de acogida, Blal, Mulayzen y Al-Hach –entre otros muchos– podrán disfrutar de una alimentación saludable, revisiones médicas y asistencia dental, cosas básicas que no tienen garantizadas en los campamentos de refugiados en Argelia.

Madrid recibió, desde el pasado 30 de junio a 239 niños refugiados saharauis, que aterrizaron en el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas con el fin de pasar dos meses con familias de esta comunidad autónoma. Aunque dejan a sus familias en Argelia, los pequeños disfrutarán de una oportunidad única. Y es que, no todos consiguen un hogar de acogida. «En Mayo escuché por la radio que necesitaban familias madrileñas para este proyecto», explica Eva, periodista manchega afincada en Madrid. «Estaba conduciendo. Miré por el espejo retrovisor a mi hijo Carlos, de 11 años y le dije: “Ha llegado el momento”». Ángel, su marido, es informático y siente «cierta vergüenza por cómo ha estado tratando este país a los refugiados», por ello, tampoco sintió reparos en dar «un paso adelante».

Hay quienes piensan que esta experiencia supone «ponerles un caramelito en la boca para luego arrebatárselo y devolverles a un desierto con cabras». Eva niega con rotundidad esta afirmación: «Esto sirve para que salgan, aunque sea por unos días, de las durísimas condiciones en las que sobreviven». A través de este programa se les permite acercarse a otra cultura y formas de vida. También a nosotros. Al final, ellos son la voz, la mirada y el rostro de la situación desesperada que se vive, desde hace casi 40 años, al otro lado del Estrecho.

Mulayzen o simplemente «Mulay» cumplirá los 10 años aquí, en la capital. Mientras observa la televisión –abstraído en los gestos exagerados de un dibujo animado japonés–, Laura nos cuenta que es maestra en un colegio religioso y que, hace unos meses, decidió acoger ella sola. «Uno de nuestros deseos es que “Vacaciones en Paz” sea accesible, así que da cabida a todo tipo de familias», reivindica Paula Gracia, una de las coordinadoras del programa. Así pues, esta profesora acudió a recoger a Mulay al centro cedido por la Fundación Aprocor, ubicado en Las Tablas, donde los niños y las niñas descansaron –tras casi diez horas de un vuelo con escala– hasta el momento del encuentro con sus familias de acogida. Hasta allí se acercaron también Eva y Ángel, que no pudieron contener sendos «lagrimones» cuando separaron a Al-Hach de su grupo. El pequeño refugiado traía un montón de collares entrelazados entre los dedos de sus manos, «uno para cada uno de nosotros», recuerda Eva, «pero no quería venir con nosotros y no había forma humana de que dejara de sollozar».

No fueron los únicos, muchas familias estrecharon entre lágrimas a los menores refugiados. Con Mulay, en cambio, fue muy distinto. «¿Éste?», le señala Laura, con el pulgar. «Como si estuviera en casa de su tía. Está encantado. Ni lloró, ni nada». El pequeño es risueño y muy inquieto: se cae de la cama cada dos por tres, así que su familia de acogida se ha resignado a verlo dormir en el suelo. Esta experiencia es habitual, ya que así es como pernoctan en las jaimas –carpas típicas en el desierto del Sáhara–. Pero Mulay también cumple con otras «indicaciones previas» que le dieron a Laura desde Vacaciones en Paz. Los primeros días coleccionaba «ramitas de árboles y arbustos», ahora «flipa con las escaleras mecánicas». Le encanta ducharse, «finge que va a hacer pis y luego oigo el agua correr», ríe su madre de acogida. «Es muy listo, sabe que hablamos de él», inquiere Yago, la pareja no oficial de Laura. En efecto, Mulay sonríe y luego vuelve a lo suyo. La maestra suscribe su suspicacia: «De lo primero que hizo al llegar a casa fue preguntar: “¿Aquí play?” (de “Play-Station”). Por lo visto, amigos suyos saharauis le habían contado eso, de otros años. Quizá fuera su primo, Blal...».

Cuando Mulay se cruza con algún perro por la calle, aprieta la mano de Laura con más fuerza. Y es que, en su país no son domésticos. «Les tiene miedo porque en Tinduf los perros les roban la comida», nos explica la maestra. Por ello, nos sorprende entrar en el hogar de acogida de su primo Blal –11 años– y que dos pequeños bichones malteses se abalancen contra nosotras, a lengüetazo limpio. «Al niño le encantan, lo que no le gustó tanto fue el gato negro. Los saharauis son una cultura muy supersticiosa», nos cuenta Andrés, cuyo padre fue un militar destinado en el antiguo Sáhara Español. Él pasó su infancia junto a este pueblo nómada con el que forjó un vínculo emocional que resistió la distancia y el paso del tiempo. Tan es así que, tras jubilarse el año pasado, Andrés pasó a tomar partido en el proceso de selección de los acogentes del programa «Vacaciones en Paz».

Este es el segundo verano que Blal pasará en Madrid con Andrés y su pareja, Carlos, el primer matrimonio homosexual español en acoger un menor saharaui. Este año, planean terminar de ver todas las películas de Disney-Pixar, para que el pequeño continúe progresando con el idioma («Los “minions” están tontos y locos», expresa Blal, al recordar el argumento de «Gru, mi villano favorito»). También quieren llevarle a la pista de esquí de Xanadú, para que toque la nieve por primera vez.

A aquellas personas que se preguntan si merece la pena traerles a España, Andrés y Carlos responden que esta postura es «superficial»: «Nunca tuvimos la sensación de que Blal fuera a sufrir al regresar a Argelia, al contrario. El verano anterior se pasó las últimas dos semanas preguntando: “¿Cuándo me marcho?”. Nosotros tenemos muchas cosas; él tiene sólo a su familia y por eso son lo que más le importa». Al final, «cuando se van, los que más lloramos somos nosotros».