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El hogar de las oportunidades está en Chueca

El padre Ángel brinda una nueva vida a ocho jóvenes: Illyas, Herculano y Aitor no lo han tenido fácil. Ahora, junto a cinco compañeros, comienzan «a soñar»

  • Illyas, Herculano y Aitor en el interior de una de las habitaciones
    Illyas, Herculano y Aitor en el interior de una de las habitaciones /

    Cristina Bejarano

Tiempo de lectura 4 min.

16 de enero de 2019. 08:16h

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P. Ruiz Ruiz .  16/1/2019

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A pesar de la dificultad de abandonar todo y lograr dejar el miedo atrás. Hoy una brecha de esperanza se abre para ocho jóvenes de entre 18 y 27 años que, gracias a la organización Mensajeros de la Paz, tendrán la oportunidad de vivir dignamente y reincorporarse a la sociedad tanto laboral, como socialmente.

El padre Ángel, presidente de Mensajeros de la Paz, párroco de la Iglesia San Antón, es uno de los impulsores de Hogar de oportunidades, este proyecto que ofrece a estos jóvenes inmigrantes un precioso hogar en el barrio de Chueca. Y no sólo eso, les brinda una segunda vida; una segunda familia. La mayoría de ellos son analfabetos y no todos comprenden y hablan castellano. Es por eso que sólo cinco de ellos se atreven a prestar su testimonio, los demás son incapaces, impedidos por la barrera del idioma. Los ocho reunidos en el acogedor salón de la vivienda narran sus historias y parecen olvidar por unos minutos, el tan duro pasado que han logrado dejar atrás.

«Llegué sufriendo, jugándome la vida. Ahora estoy en mi segunda casa muy agradecido». Es la historia de Illyas, un joven de 18 años que desde los 14 dejó a su familia en Marruecos para emigrar a Europa y buscar una vida mejor. Cuando vio la oportunidad, se subió a un camión de polizón y entró en España: «Ha sido una experiencia dura. He estado solo, sin una familia que me ayude y además todavía sigo sin entender el idioma del todo».

Lo peor fue cuando cumplió la mayoría de edad porque ya no podía permanecer más en un centro de menores. Con sus gestos trasmite el miedo que sintió ante la posibilidad de verse de nuevo durmiendo en la calle. Sin embargo, uno de sus educadores contactó con la Iglesia de San Antón donde trabajaba el padre Ángel y, como si se tratase de un milagro, hoy vive una vida que nunca hubiese imaginado. «Estoy contento. Mi madre siempre me decía: confía en ti, confía en Dios, en la gente que te ayuda y te quiere. Y ese es el pensamiento que siempre tengo en mente». Illyas es el mejor ejemplo de que este proyecto funciona. Estudia un curso de cocina desde hace dos meses y en menos de un año dejará de ser económicamente dependiente de Mensajeros de la Paz. «Desde que he llegado lo he tenido todo; he tenido cariño, he tenido una familia. Es mi segunda familia», narra con sentimiento.

«Sé que hablo por mí y por el resto de mis compañeros al decir que estamos muy agradecidos con Mensajeros, no sólo porque nos brindan un techo, sino un hogar». Así es como Leo, un joven colombiano de 23 años agradece al proyecto todo lo que tiene ahora.

En la sala se encuentran también Natalia, trabajadora social y Álvaro Suárez, psicólogo y director del proyecto que describen cómo es el día a día de de la convivencia con estos jóvenes. Nada más entrar se les pregunta «qué sueñan» y sin ponerle ningún tipo de límites tratan de ayudarles en sus objetivos. Para ello, les proporcionan clases de español e incluso una «coach» para trabajar en sus inseguridades y carencias. Tratan de recuperar los hábitos de higiene, la honestidad y la fraternidad para que entre ellos se cuiden. Muchos de ellos dormían en los hogares de acogida con sus pertenencias debajo de la almohada por miedo a que se las quitasen.

Finalmente, aprovechan para hacer un llamamiento a las autoridades puesto que una vez que estos jóvenes llegan a la mayoría de edad, se desentienden de ellos y quedan totalmente desamparados. A pesar de todos los obstáculos, Mensajeros de la Paz seguirá trabajando para que en un futuro no muy lejano, más jóvenes inmigrantes no se pongan límites a la hora de soñar.

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