Madrid

Encerrados en una calle sin coches

Julián y María Jesús llevan años viviendo en la zona peatonal de Fuencarral: «No conseguimos ni que nos traigan una lavadora a casa». El Ayuntamiento no se lo autoriza. Ahora se enfrentan a Madrid Central y al impacto en sus negocios de pinturas. Temen perder clientes

María Jesús no conoce otro distrito que no sea Centro. En concreto, desde su infancia, su vida ha transcurrido entre las calles de Fuencarral y Hortaleza, dos de las nuevas incorporaciones a Madrid Central, pero que ya llevan tiempo conociendo lo que son las restricciones a los coches.

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María Jesús no conoce otro distrito que no sea Centro. En concreto, desde su infancia, su vida ha transcurrido entre las calles de Fuencarral y Hortaleza, dos de las nuevas incorporaciones a Madrid Central, pero que ya llevan tiempo conociendo lo que son las restricciones a los coches. Ya hace varios años que los vehículos son «non grata» en esta zona tan concurrida de la capital, donde el comercio es el principal motor.

María Jesús, junto a su marido Julián, son ya la tercera generación de Jeco, «casa especializada en material para bellas artes», como señalan en su tarjeta de visita. Tienen dos sedes. La de la calle Pelayo, «aún la estamos pagando». Al entrar en este local, se nota el ritmo trepidante de un martes cualquiera: proveedores que entran y salen con material voluminoso, pintores que acuden en busca de bastidores de grandes proporciones o turistas que, atraídos por el colorido escaparate, entran a comprarse algún capricho. Porque el material de papelería y de artes gráficas gusta, y mucho. «Tengo ocho empleados –entre ellos a su hijo–y hemos conseguido salir adelante con la crisis, pero no sabemos si las restricciones de Madrid Central terminarán por obligarnos a cerrar», afirma indignada. ¿Cómo han conseguido sobrevivir a las dificultades financieras? Julián, su esposo, nos da la clave: «Nos tuvimos que arriesgar y comprar grandes cantidades de producto para poder poner precios más competitivos y, ahora, nos vienen con lo del cierre al tráfico. Vamos a perder clientes después de todo el esfuerzo», señala alicaído. La confusión dentro del establecimiento es importante. Cada uno ha oído una cosa sobre las restricciones que empezaron el pasado viernes.

Es cierto que por esta pequeña calle adoquinada apenas hay una docena de plazas de aparcamiento, todas de residentes, y algunas las ocupan vehículos llenos de polvo –probablemente de vecinos mayores que ya no los utilizan– pero ellos cuentan con su propio aparcamiento al que entran trabajadores y clientes. «¿Cómo se van a llevar si no material de dimensiones tan grandes o las importantes cantidades que se llevan en muchas ocasiones?». María Jesús no lo ve viable.

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Su hijo cree que van a tener que poner cámaras en el parking para que vaya registrando las matrículas. «Nos vamos a tener que gastar 50.000 euros he escuchado». Su padre le corrige. «No, que eso es para los aparcamientos grandes. Nosotros tendremos que hacer un informe diario de todas las matrículas». Y su madre insiste: «Claro, pero si superamos las 36 autorizaciones, al cliente número 37 lo perderemos». Su enfado va a más a medida que avanza la conversación sobre las restricciones de Madrid Central.

Pero el problema de este matrimonio no sólo se ciñe a su negocio. «¿Sabes que no he conseguido comprar una nueva lavadora porque no hay ninguna empresa que quiera traérmela a casa?», dice la dueña de la empresa de pinturas. Viven en la calle Fuencarral, pero en el tramo peatonal, de más afluencia de peatones, «donde ya sólo hay tiendas y apartamentos turísticos. Todo destinado a los que vienen de fuera, para terminar de echar a los vecinos del barrio», añade Julián indignado.

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Relatan la situación más común que se puede encontrar cualquier madrileño: haces la compra y llegas cargado con las bolsas a tu casa. La mayoría podrá pasar por su propia calle e, incluso, entrar en su garaje para poder descargar. Julián y María Jesús no. «Tenemos que aparcar en las calles de atrás e ir con toda la compra a mano a casa», describe ella.

Julián lleva tiempo «peleándose» con el Consistorio de Carmena para que le den una autorización para poder acceder a su domicilio en este tipo de circunstacias, pero en todas las ocasiones, la respuesta ha sido negativa. ¿Con qué motivo? «Lo peor es que no me dan ninguna explicación, simplemente me la deniegan». Por eso, ya no sabe qué hacer porque, eso sí, mientras tanto, «vemos como los camiones de carga y descarga de todas las grandes marcas que están debajo de nuestra casa entran y salen en el horario establecido sin problema».

Julián explica que «antes de que pusieran las cámaras de control a la entrada, controlaban el acceso agentes de la Policía Municipal, y si les enseñaba el documento de identidad, me dejaban entrar sin problema». Por ello, no comprenden qué ha cambiado para que ahora no les permitan el paso. Se sienten encerrados en su propia calle. No es que estén en contra de las retricciones que puedan mejorar la vida de los vecinos, pero creen que muchas de estas medidas «no hacen más que expulsar a los residentes de toda la vida de sus casas porque se les complica su día a día», subraya Julián.