Madrid

La brigada vecinal que cierra narcopisos

Pertenecen a distintos distritos y se organizan por WhatsApp. Sin ayuda municipal, ellos defienden sus barrios. «Somos los ojos de la Policía», dicen.

Pertenecen a distintos distritos y se organizan por WhatsApp. Sin ayuda municipal, ellos defienden sus barrios. «Somos los ojos de la Policía», dicen.

«Hace unos años, llegó al barrio un vecino que no estaba muy bien de la cabeza. Iba con un cuchillo por la calle y se dedicaba a tirar cosas por la ventana». Sacarle de Latina se convirtió en el único trabajo de Ana. Este no es su nombre real porque prefiere que no la reconozcan. Se ha convertido en el azote de los traficantes de drogas del barrio y eso le ha generado muchos enemigos, aunque también otros tantos admiradores entre sus residentes. «Empezó la guerra», recuerda. Así, logró reunir a residentes de otros edificios próximos y consiguieron que «la amenaza» saliera de sus calles. «Era un peligro», recuerda. Pero lo que podía quedar en un hecho puntual se ha convertido en su día a día. Ella, sin quererlo, se ha convertido en los ojos del barrio, en su «serena». Pero cuenta con ayuda, la de decenas de vecinos que, a través de los visillos de sus casas, se van avisando a través de un chat de WhatsApp de los problemas «que no nos soluciona el Ayuntamiento», insiste Ana. «Somos los ojos de la Policía», añade.

Aunque pueda parecer un sistema muy «amateur», lo tienen todo muy bien calculado. «Los que viven en los quintos son nuestros principales oteadores. Son capaces de captar todos los movimientos raros que se dan en los pisos» y hace un recuento de los logros que consiguieron en 2018. «En este primer año conseguimos cerrar seis narcopisos y abortamos varios intentos de ocupación». Además de estas viviendas donde se trafica con droga, en el barrio de Latina «también hemos detectado varios pisos nodriza, donde almacenan los estupefacientes para que, si le pillan en un narcopiso no les quiten todo lo que tienen», explica la que, sin quererlo, se ha convertido en una experta.

Sin embargo, su labor no termina al detectar un piso sospechoso. Avisan primero a la Policía e «intentamos que aborten la okupación antes de que se produzca», si no lo consiguen el problema se complica. «Ellos tienen sus propios oteadores y saben muy bien cómo reventar una puerta rápido». La principal dificultad llega a la hora de denunciar. «Muchas de las viviendas en las que entran pertenecen a bancos o a fondos buitre y no suelen hacer nada». Por ello, han ideado una técnica de presión bastante efectiva: «Les decimos que les vamos a denunciar en los medios de comunicación». Y, así, consiguen que les hagan caso.

Ana está en permanente contacto con María. Ella se dedica a lo mismo en el distrito vecino de Vallecas. «Estamos muy trilladas», reconoce a este diario. Conformaron su «brigada» hace unos siete meses y «conseguimos juntarnos unas 60 personas». En el caso de este barrio lo que dio la voz de alarma fueron las palabras de los vecinos mayores. «Varios de ellos empezaron a decir que se querían ir del barrio por el aumento de la venta de droga, hasta cerca de los colegios. Y no sólo eso, no era difícil encontrar jeringuillas tiradas por el suelo». No podía ser. Un día, «me cansé de ver los trapicheos que había en frente de mi casa, en un piso okupado. Abrí todas las ventanas y me puse a dar golpes a una cacerola». El resto de vecinos la empezó a seguir y, desde ese momento, iniciaron una marcha nocturna diaria que duró 15 días. «Nos poníamos donde se juntaban los trinitarios. Perdimos el miedo», asevera. Así nació la Plataforma La Cacerolada y María se erigió como su portavoz. Desde entonces, han conseguido cerrar 39 narcopisos, «deben quedar unos cinco o seis aún, pero hemos logrado sentirnos libres y seguros en el barrio».

A partir de entonces, implicaron a la Policía y al Ayuntamiento en el problema. Desde el Consistorio se comprometieron a poner cámaras para controlar el barrio, «pero aunque están concedidas desde noviembre, aún no se han puesto. El Gobierno nos ha decepcionado». Insiste en que la movilización vecinal es la única vía que encuentran para pelear por su barrio. «Las instituciones no nos están dando ninguna solución porque, en cuanto les echamos de aquí se mueven a otro distrito», asevera. «Hemos erradicado mucho, pero la droga no se va a ir tan fácilmente».

Otra mujer que conoce bien el problema es Begoña, de la Plataforma del barrio de Lavapiés. Ella es la más veterana de las tres, ya que inició esta «guerra» vecinal hace cinco años. «Se metieron en nuestros pisos y teníamos que hacer algo», argumenta. Al igual que en los dos casos anteriores, «empezamos a pedir ayuda a todas las administraciones y nos vimos abandonados, sólo encontramos el apoyo de la Policía Nacional». Son a estos agentes a los que acuden cada vez que localizan un nuevo narcopiso. «En 2018 cerramos 26, así como tres narcolocales donde se vendía heroína», recuerda.

Iniciaron esta brigada tres vecinas y, gracias al boca a boca y a Twitter, «cada vez más propietarios se han sumado, ahora también nos contactan administradores de fincas, que son los que tienen que denunciar, y algunos comercios». Para echar a los okupas del primer piso que detectaron, «tardamos tres años», pero como ahora se conocen los procedimientos de memoria, «el último lo liberamos en menos de nueve meses». Cuando lo cierran, el inmueble se cierra y se tapia. «Cada vez quedan menos pisos vacíos donde puedan colarse».

La Plataforma ya la conforman más de un centenar de vecinos que velan por sus calles con un único interés: «¿Por qué tengo que abandonar yo mi vida? Vamos a seguir defendiendo nuestro barrio».