Seis años de cárcel para el otro «pequeño Nicolás»

Se hacía pasar por multimillonario y acudía a sus citas con coches de lujs conducidos por chófer

Es este chalet de El Pardo vivió el acusado, aunque hacía ver que era suyo
Es este chalet de El Pardo vivió el acusado, aunque hacía ver que era suyo

Se hacía pasar por multimillonario y acudía a sus citas con coches de lujs conducidos por chófer

Al más puro estilo del «pequeño Nicolás», creó un personaje de ficción inexistente, pero convincente para sus víctimas, a las que hizo creer que era todo un multimillonario cuando la realidad era bien distinta: se encontraba en la más de la profunda ruina tras un hundirse un negocio familiar. Coches de alta gama que conducían chóferes, «propietario» de viviendas de lujo en zonas residenciales de Madrid, una mansión de alto standing en Menorca que «adquirió su abuelo a la duquesa de Windsor» y otra en la Sexta Avenida de Nueva York o «propietario» de un holding de empresas y campos de soja en Argentina o haber adquirido la patente a un empresario mexicano sobre un «estructurador molecular sónico» que dejaría unos beneficios que «podrían retirar» a los inversores de trabajar. Todo le valía a Raúl Báñez Martín para «engatusar» a sus víctimas y dejar a una de ellas sin los casi 400.000 euros que tenía ahorrados para compra de una vivienda. Y como la apariencia y primera impresión en estos casos es más que relevante, siempre aparecía con ropa y relojes muy caros, e incluso se permitió el «detalle» de ceder uno de sus coches, con chófer incluido, a la hermana de su principal víctima. Ahora, su actuar le llevará a pasar los próximos seis años en prisión, por los delitos de estafa y apropiación indebida.

Todo comenzó cuando el negocio familiar quebró, en 2009, quedando en una situación económica tan dura que ni siquiera ha aceptado la herencia de su madre, fallecida hace tres años. Sin embargo, no estaba dispuesto a bajar de status social, y desde el mismo momento en que cambió su posición económica «ideó un plan para hacerse pasar por un empresario multimillonario», aparentando una solvencia que no tenía. El objetivo, como recogía la sentencia de la Audiencia de Madrid y ahora confirmada por el Supremo, lo tenía más que definido: «Embaucar a amigos y conocidos y conseguir que le entregaran sumas de dinero que hacía suyas». Para ello, se hacía pasar por un empresario multimillonario que administraba un inexistente holding familiar de empresas que tenía su sede en la Torre Picasso de Madrid, y poseía numerosas propiedades repartidas por todo el mundo.

Una vez ideado el plan, se puso manos a la obra y «fichó» a la que sería su primera y principal víctima: el hijo de una mujer a la que conoció en 2003. Comenzó a visitarla de forma regular en la tienda donde trabajaba, a la que acudía en coches de alta gama y siempre conducidos por un chófer. La apariencia era tal que la mujer «estaba convencida» de que era multimillonario. Y ello fue lo que hizo que le hablara del novio de su hija, para pedirle si «disponía de alguna vivienda» que le pudiera vender «a buen precio». Ésto hizo que conociera que disponía de una considerable cantidad de dinero, por lo que «ideó un plan para apoderarse de esos fondos». Así, se conocieron en junio de 2009, cuando el acusado vivía de alquiler en un lujoso chalet en El Pardo. La primera vez que la víctima fue a ese domicilio, del que Raúl Báñez le dijo que era de su propiedad, se quedó «impresionado ante el nivel de vida de exhibía el acusado». La amistad se fue fraguando con los meses, hasta que llegó el primer «golpe»: le ofreció participar en un «negocio millonario, el estructurador molecular sónico», que lograba un gran ahorro energético y de combustible, y cuya patente había «adquirido» a un empresario mexicano. Al final, le convenció para que «invirtiera» 100.000 euros en ese «negocio», de los que no recuperó ni un sólo céntimo. Posteriormente, no dudó tampoco en hacerles préstamos de 120.000, 110.000 y 60.000 euros, toda vez que seguía convencido de que el acusado «poseía una gran fortuna». Al final, cuando el acusado supo que su víctima ya no disponía de más dinero, se distanció de él, sin devolverle nada.

Con esa misma finalidad, alquiló una vivienda de lujo por 6.000 euros mensuales, comprometiéndose a realizar unas obras en el inmueble a cambio de no pagar la renta durante los cuatro primeros meses. Al final, ni hizo la reforma ni pagó los gastos ordinarios a los que estaba obligado. Tuvo que marcharse por orden de un juez, pero se llevó como «recuerdo» las 34 cabezas con cuernos de animales que cazó el difunto marido de la propietaria en África.

El Supremo justifica la condena por la gravedad de los hechos, y, especialmente, por el importante quebranto económico ocasionado a una de las víctimas, «quien perdió todos los ahorros que tenía para comprarse una casa», así como por la «entidad del engaño, a su mendacidad, al crear una apariencia de amistad, jugando también con los sentimientos de sus víctimas con el único propósito de sacar un provecho ilícito».