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Septiembre: el fin de las chabolas de El Gallinero

Ayuntamiento y Comunidad acuerdan financiar al 50% el realojo de 111 familias del poblado que durante el verano se distribuirán por Madrid. «Confiamos en vosotros», afirmó la alcaldesa.

  • Septiembre: el fin de las chabolas de El Gallinero

Tiempo de lectura 8 min.

10 de julio de 2018. 00:17h

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Belén V. Conquero Madrid. 10/7/2018

Ayer no era día de esconderse en El Gallinero. Era un día de fiesta, de celebración. Por fin, tras años y años de promesas, éstas, por fin, se cumplen y van a conseguir abandonar el poblado chabolista donde las gallinas –como su nombre indica– campan a sus anchas junto a gatos, perros y todo tipo de animales que deambulan sin dueño. Por eso ayer, todas las niñas del asentamiento se pusieron sus mejores galas, querían reflejar que ellas también son princesas y, por eso, a cada mujer que se acercaba la sonreían y preguntaban: «¿Tienes cacao o pintalabios?». Son coquetas y saben que su vida a partir de septiembre –si no antes– va a dar un giro total.

La alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, señaló en la visita que realizó junto a Ángel Garrido para anunciar el nuevo plan de realojo que, antes de que llegue el mes de octubre «ya no va a haber Gallinero» y añadió que «es una vergüenza» que todavía existan viviendas como las de este poblado. «No podíamos permitir que esto continuara». Carmena animó a los residentes en este poblado a iniciar «esta gran aventura» que les va a permitir integrarse en la ciudad y señaló: «Confiamos absolutamente en vosotros, porque todos juntos vamos a respetar las normas de convivencia. Sé que podéis hacer algo muy grande, sé que vais a ser unos vecinos más de la ciudad de Madrid y ojalá seáis de los mejores». A las palabras de la edil se sumaron las del presidente de la Comunidad, Ángel Garrido, que apostó que esta «aventura va a acabar bien» y lamentó que «las cosas nunca salgan tan rápido como se quisiera». Aseveró que ayer era un día de «buenas noticias» y un ejemplo de colaboración entre administraciones, como ya pasó semanas atrás con la firma del acuerdo para el realojo de los vecinos de parte del Sector 6 de la Cañada Real.

Marta Higueras, concejala del Área de Equidad, Derechos Sociales y Empleo del Ayuntamiento, ahondó más en el plan de realojo: «Aquí manifestamos un acuerdo de voluntades por parte de los dos gobiernos, estamos perfilando el acuerdo, pero lo financiaremos al 50%». La idea es que, a medida que las familias vayan abandonando el poblado, éste se vaya desamantelando de forma simultánea. Y, así, devolver los terrenos privados sobre los que se asientan las casas de cartón y madera que empezaron a erigirse en 1999.

«Están censadas aquí 164 personas, pero finalmente son 111, de las que 101 son niños y nuestra idea es que se vayan a vivir a diferentes puntos de Madrid, se les va a distribuir por toda la ciudad para beneficiar su inclusión e irán a casas compartidas», explica Luis Nogués, director general de Integración Comunitaria y Emergencia Social del Área de Equidad. Él es el responsable de que se concrete el desalojo y reconoce que, a pesar de los avances, «aún hay personas que no quieren acompañamiento social y vivienda compartida. No quieren ser realojados». La mayoría de estos casos, «han optado por irse a otros países de Europa donde tienen familiares porque lo que tenemos claro es que El Gallinero se va a desmantelar porque ahora sí que estamos en condiciones de llevarlo a cabo».

Mijaela lleva 11 años viviendo en el asentamiento. Llegó de Rumanía donde dejó a tres hijos y aquí tuvo otros cuatro. «Los he sacado adelante yo sola. Ha sido muy duro», dice con la mirada vidriosa. Le cuesta recordar todas las penurias por las que ha pasado. «Me casaron con 13 años y eso no es lo que quiero para mis hijas». Su esfuerzo la ha convertido, hoy, en una mediadora. «He recibido formación y ahora ayudo a otras personas de mi país». Explica su caso a LA RAZÓN mientras la más pequeña de sus hijas llora: «Me ha picado una avispa», explica entre sollozos. Va descalza y el insecto no ha dudado en clavar su aguijón entre dos de sus dedos. «Vinagre y sal. Es la mejor solución», concluye su madre. «En verano son las avispas, pero en invierno es el frío. No hay buen momento para vivir en El Gallinero», reconoce Aroa Alcaraz, técnico del Ayuntamiento que, una vez por semana, acude al asentamiento para hacer un seguimiento de la situación de cada familia. ¿Qué es lo que más le impresionó cuando llegó por primera vez? «La dignidad que tienen todos, a pesar de las condiciones en las que tienen que subsistir». Ella va saludando a cada uno y las más pequeñas también se le acercan con la misma pregunta: «¿Tienes cacao?». «Cada uno tiene una problemática diferente», sostiene mientras ayuda a un señor mayor que le saca unos papeles y no sabe dónde tiene que firmarlos.

El realojo no será uniforme, ya que se plantean procesos distintos según las circunstancias de cada familia. Una decena de ellas ya están preparadas para entrar a vivir en estas viviendas de alquiler. Son las que han pasado por los procesos de integración y habilidades sociales y tienen capacidad para afrontar el pago de los consumos de los pisos. Otras once no cuentan con esa capacidad al no disponer de suficientes ingresos. En su caso irán a viviendas compartidas gestionadas por la ONG ACCEM, donde se les hará un seguimiento por la Comunidad, Ayuntamiento, Cruz Roja y otros actores sociales. Otra situación es la de alguna persona mayor. Su caso está en conversaciones con el consulado rumano en España para estudiar si existe la opción de regresar a su país de origen, un proceso que se llevará a cabo con los servicios sociales rumanos para que allí puedan contar con apoyo social y una vivienda.
El proceso de desmantelamiento está culminado a finales de agosto o primeros de septiembre para que los menores inicien el próximo curso escolarizados en su nuevo colegio, indicaron fuentes municipales. Es el caso de los hijos de Diagrana que lleva siete años viviendo en El Gallinero. «Nos parece bien que se produzca este cambio, sobre todo para mis niños», explica a este diario mientras señala a su pequeño que no deja de sonreír. Está embarazada del tercer niño y «no cobro nada, me tengo que buscar la vida. Aquí echamos de menos todo porque lo que tenemos lo hemos tenido que ir construyendo nosotros poco a poco. Nos ayudamos unos a otros y también los voluntarios que vienen. Llevamos más de cuatro años esperando a que nos den una vivienda digna», subraya.

A unos metros de ellos, Florika se afana en fregar unos platos en un barreño. Tiene 56 años, pero parece mucho mayor. Le falta parte de su dentadura y las canas ya cubren toda su cabellera. Ella sólo suspira: «A ver cuando nos vamos», se arriesga a decir con el poco español que conoce. Se irá junto a su hijo y sus nietos a lo que espera que sea un futuro mejor donde pueda utilizar un fregadero en lugar del recipiente de plástico.

Y es que de El Gallinero se puede salir. Un ejemplo de ello son Samuel y Alina, los responsables que ayer compartieron escenario con Carmena y Garrido. El primero es mediador y vive en el poblado desde hace 11 años. A sus 21 desea que ningún otro «pase por lo mismo» que ha superado él y ayer no dudó en dar un consejo: «Quien tenga la oportunidad que estudie». Teme que «el racismo esté por todas partes», en referencia al realojo, pero le dice a aquellos que puedan alzar la voz por su llegada a diferentes puntos de Madrid que no olviden que no son «animales». «Somos seres humanos», dijo en alto. A lo que la alcaldesa apostilló: «Queremos una ciudad abierta».

Alina, madre de cuatro hijos, es vecina de El Gallinero desde 2009. Quiere ser mediadora para ayudar «a hacer frente a los cambios de forma positiva. Quiero ayudar a las personas que pasen por el mismo proceso porque la mediación será la llave del éxito para construir una ciudad diversa», declaró.

Abogada, actriz, policía... el futuro profesional con el que sueñan las niñas del poblado

Livia Paún cumple hoy 36 años. Y qué mejor manera de celebrarlo que con sus tres hijas, su marido y con el regalo de que en unos meses puedan dejar la situación de precariedad que viven en El Gallinero. Al entrar en su chabola Livia quiere encender la luz. Para ello debe unir varios cables del techo. «Es la única manera», indica. Sus hijas la rodean mientras ella explica a este diario que «vivo con la renta mínima y, encima, ahora mi suegro está con cáncer y no puedo darle todos los cuidados que necesita», se lamenta. Sara, de siete años, juega con el móvil. «¿Qué quieres ser de mayor?», preguntamos. «Policía», dice muy segura. «Para no detener a nadie», añade. La mediana, Aliana, de nueve años, entra en la casa con dos huevos de las gallinas que tienen fuera. «Yo quiero ser actriz», dice con una sonrisa. La mayor, Larisa, de 14, también lo tiene claro: «Seré abogada».

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