«Los hijos de Kennedy»: Atrapados en los 60

Autor: Robert Patrick. Traducción, versión y dirección: José María Pou. Escenografía y vestuario: Ana Garay. Iluminación: Juanjo Llorens. Diseño vídeo: Álvaro Luna. Intérpretes: Emma Suárez, Fernando Cayo, Ariadna Gil, Álex García, Maribel Verdú. Teatro Cofidis. Madrid.

Las reacciones epidérmicas –carraspeos, movimiento en la butacas– del público del abarrotado teatro ante el largo y desgarrado «Star Spangled Banner» de la bestia zurda con el que arranca «Los hijos de Kennedy» son reveladoras. Cabía pensar, ante el valiente comienzo de esta nueva producción, que su director, Pou, iba a atreverse a incomodar a su muy respetable y a ofrecerle a la cartelera comercial de Madrid algo diferente. Pero el punteo termina, las historias de sus protagonistas comienzan y ahí se acaba la experimentación. Fuese y no hubo nada, que dijo el vate. La brutal modernidad del visionario Jimi Hendrix se confirma pronto como un espejismo a modo de preámbulo en una propuesta teatral demasiado cercana en su planteamiento a la época que evoca, los años 60, con excepción de las proyecciones: un poco del magnicidio de Dallas, algo de derechos civiles y Donovan sonando de fondo. Como si por sí solas, una pantalla y audiovisuales ya situaran a una obra en el siglo XXI.

La defunción de un sueño

Pero la respuesta, amigo, no está soplando en el viento de la tecnología, y teatralmente seguimos en 1963, cuando América se pegó a la radio sin acabar de creerse que el presidente había muerto, o como mucho en 1973, cuando el dramaturgo Robert Patrick estrenó su oratorio a cinco voces, un lamento algo confuso sobre la defunción de un sueño y a ratos también la denuncia de que ese sueño no fue lo que aparentaba. Pero no queda claro: ¿la desazón vital de Sparger, un cómico de segunda, tiene algo que ver con Kennedy? ¿Y la carrera hacia la cuneta de Carla, trasunto patético de Marilyn con tendencia a quitarse la ropa ante cualquiera que le prometa un papel? Y eso que ver a Maribel Verdú embutida en la piel de este juguete roto es un festín teatral, otra confirmación de que una de las mejores actrices de su generación no pierde el pulso y que las historias duras se le dan de miedo. Sin embargo, el mensaje de Patrick parece una nebulosa que se pierde en la búsqueda de diferentes perspectivas, y algunas de sus criaturas, cinco vidas arruinadas, sombras de un tiempo mejor que coinciden (se supone) en un bar, no dejan de ser estereotipos. Ahí está la América conservadora, con su rebeca y su moño, bien encarnada por Emma Suárez, una actriz con recursos, aunque se deje llevar por el histrión en una secretaria algo «Mad Men» enclaustrada en mantener viva la llama de la memoria de JFK. O el recluta al que Vietnam convierte en un drogadicto esquizofrénico: toda una sorpresa encontrar a un actor rotundo, con fuerza y relieve, en la interpretación que hace Álex García de Mark. O Rona, la manifestante profesional, defensora de causas perdidas, que lamenta que en los 70 se hayan perdido todas las causas. Es el rostro de Woodstock, del LSD y de las protestas, una testigo de la contracultura a la que da vida Ariadna Gil, con esfuerzo pero sin encontrar registros diferentes y emocionantes.

El contrapunto cómico, con cuentagotas, lo aporta ese ciclón que es Fernando Cayo, convertido en comediante gay y «looser» genuino en otro derroche gestual, físico y expresivo, el más acertado junto a Verdú. Al montaje le falta además más interacción entre sus personajes, acaso porque tampoco la contenga el texto. Es un correcto ejercicio de dramaturgia en el que el autor echó oficio en el formato «monologal», pero que en escena no se sobrepone a su condición de docudrama para nostálgicos.