Madrid

O’Grove, el sanedrín de sabios de barra de Madrid

Presume de una carta extensa, de esas en la que te pierdes de pura gula. Si queremos conquistar una gachí uno se pide un bogavante y queda como un sultán

Berni en su taberna O'Grove
Berni en su taberna O'Grove FOTO: Cristina Bejarano La Razón

En el barrio mesocrático del Retiro hay una taberna con traza de restaurante donde cada medio día se reúne un puñado de sabios de la barra con la tolerancia que da Madrid. Tan pronto se ensalza a la desaparecida Almudena Grandes, como se mete a conciencia con el gobierno de turno. O’Grove es lugar de peregrinación para los gatos que tanto necesitamos el fósforo del pescado para ser felices. En un ya lejano 2 de enero 1987, una familia de Salamanca abrió un negocio familiar tras la estela contigua de una reputada casa gallega. Han pasado muchas lunas y muchas complicidades.

O’Grove. Dónde calle Fernán González, 54

En este tabernáculo siempre ha existido fidelidad a la ley del producto. Esa que habla de un marisco que ha ido enganchando a la parroquia del barrio y pasando por las generaciones sin despeinarse. Los públicos gracias al boca a boca han elegido este recoleto lugar capitalino sin internet ni publicidad. El célebre Berna Benito, padre de Adriana, la actual tercera generación, ha ido acomodando las necesidades cambiantes, pues antes se iba a la taberna a comer sabroso y en cantidad, o a empezar la ronda. Hoy en O’Grove, el público entra por el dintel de su puerta y le cuesta salir y con pena, porque en la barra oficia un catedrático llamado Manolo, que tan pronto te sirve una caña como descorcha un godello. Y te da un masaje espiritual con una gamba o una gustosa empanada de lomo o bonito. Diariamente se preparan empanadas al gusto o para el encargo de la vecindad.

Este templo de apariencia modesta, es de esos que apuntamos en nuestra agenda secreta de las emociones. Y como gancho tiene una carta extensa, de esas en la que te pierdes de pura gula. El cogote de merluza evidentemente como gran estrella, es acompañado por pescado de mimos, carnes de lomo alto y de buena procedencia, o los guisos para calentar las andanzas de la bulla de la ciudad. Me gusta mucho reivindicar el secreto de ibérico de Guijuelo, como homenaje a la procedencia familiar.

Merluza, tocino y patatitas

Uno de los imprescindibles de O’Grove es, sin duda, la propuesta irrenunciable que acompaña a estas líneas: sobre una base de verdura un fume de pescado profundo, un toque singular de tocino, tomate natural, la merluza y unas patatitas consiguen un resultón plato castizo.
Berni en su taberna O Grove. Tabernarios
Berni en su taberna O Grove. Tabernarios FOTO: Cristina Bejarano La Razón

En O’Grove hay de todo y en buenas proporciones. Más de 35 años de historia que de manera silenciosa ha ido ganando adeptos. A veces un vermut, y siempre un precio que no azota el bolsillo comedido de los tiempos eternos de crisis. Uff, y la barra. Esta es de las de parar el tiempo y cargar la suerte. Y cuando queremos conquistar una gachí, o que nos haga caso el sanedrín de la esquina, uno se pide un bogavante y queda como un sultán.

Ciertamente van pasando el tiempo del codazo y estamos en la dictadura de la mesa alta. Pero eso a Bernardino le importa un pimiento, porque entiende que el término de parroquia que se estila en esta ciudad, tiene mucho ver con lo genuino; esto es, con lo que bebe y de aquí hay mucho, o de lo que se come, que nos cosquillea según el mes.

Que nadie se engañe. En O’Grove, con un blanco y una parrocha delicadamente frita los problemas desaparecen, y uno se pone el mundo por montera. Fuera de circuito y gloriosamente cálido para los tabernarios.