Un infierno de 7.000 incendios asola California

El cambio climático, las tormentas eléctricas o una urbanización desatada parecen estar detrás de que la costa Oeste americana arda como nunca antes en su historia. Más de 7.000 episodios registrados desde agosto están convirtiendo California en un paisaje dantesco, con casi 30 muertos y un millón de hectáreas calcinadas

No hace ni 100 años que el escritor John Steinbeck relataba en «Las uvas de la ira» el periplo de miles de pequeños agricultores que emigraban de la costa este hasta California. El estado era la tierra prometida, un sueño fértil y la única esperanza para muchas familias arruinadas como consecuencia del crack del 29. Desde el pasado mes de agosto, condados como Monterrey, unidos a la memoria de Steinbeck, están en llamas.

Lo que está ocurriendo en la costa Oeste americana estas semanas ya es por derecho propio la peor campaña de incendios que se recuerda. Han muerto alrededor de una treintena de personas desde agosto, más de medio millón de habitantes de Oregon viven bajo la incertidumbre de una posible evacuación y hay alrededor de un centenar de fuegos activos en tres estados (California, Oregon y Portland). «En solo dos semanas se han perdido un millón de hectáreas en California. Y para hacerse una idea el peor año de incendios en España, la campaña del 94, se perdieron menos de 400.000». Esto dice sobre el terreno, Joaquín Ramírez, ingeniero de Montes, fundador de la empresa Tecnosylva y cofundador de la Fundación Pau Costa, entidad focalizada en el estudio de los incendios forestales. «Vine aquí en 2003 y he vivido los de 2013 y 2017, que fueron los peores hasta la fecha. En 2018 se volvió a superar el récord y se convirtió en la peor campaña hasta la fecha y este 2020 ya estamos por encima de hace dos años y eso que acaba de iniciarse la temporada. Lo peor llega en octubre cuando se levantan los vientos», continúa Ramírez. Su empresa Tecnosylva se ha estrenado justo este año con una herramienta de predicción que está ayudando a los bomberos locales a gestionar estos incendios.

Además de los daños en el estado, el humo está recorriendo grandes distancias y estos días ha alcanzado la Península hasta llegar a Baleares. Incluso hay quien apunta a que las emisiones de CO2 derivadas ya superan a las anuales del sector eléctrico del estado. ¿Qué está pasando? Pues según opina el ingeniero, la misma fertilidad de la que hablaba Steinbeck en sus libros es la que condena a esta tierra al fuego. «El estado tiene una extensión de 2.000 km y cuenta con paisajes muy grandes y poco fragmentados. El hombre blanco ha estado ausente del terreno durante un siglo y ahora se ha diseminado urbanizando por todas partes».

Esta tesis también la defiende Gernot Wagner, profesor de Economía y Clima en la Universidad de Nueva York y autor de «Climate Shock» y de diversas columnas en medios. «Uno de los fracasos locales se centra en la expansión de las subdivisiones urbanas y la obsesión por las viviendas unifamiliares. Cada vez están más alejadas y ponen a más y más personas en peligro. Desde el crack del 29, la población del estado ha crecido de los cinco millones de habitantes aproximadamente a las 45.

«El fuego es una parte natural que modifica el monte», señala Miguel Ángel Soto, responsable de Bosques en Greenpeace. De hecho, una de las razones de lo que ha pasado en agosto se debe a las numerosas tormentas de rayos que se han producido. Según recuerda una publicación de la Universidad de Yale, en el origen de 300 focos se encuentra una tormenta eléctrica en la que cayeron 11.000 rayos en 72 horas. Sin embargo, el cambio climático y el hombre están creando las condiciones propicias para que los fuegos se hagan cada vez más virulentos. La misma Universidad hace un listado de varios acontecimientos recientes que encajan con los patrones que trae consigo el calentamiento global. Un tornado de fuego en el lago Tahoe y el récord absoluto de temperatura jamás registrado en la tierra: 54º en el Valle de la Muerte.

CLIMA MEDITERRÁNEO

«California tiene el clima mediterráneo, al igual que la Península, la costa de Chile, la zona del Cabo de Sudáfrica o el sur de Australia. Sus veranos son cálidos y de poca lluvia, pero cada vez duran más. Esto hace que las plantas sufran estrés por calor durante más tiempo y sean más vulnerables a las llamas. La vegetación de forma natural está adaptada al fuego, pero a un cierto régimen natural de incendios. Por poner un ejemplo, el alcornoque cuenta con una capa de aislante que evita que el árbol muera. A los pequeños incendios puede sobrevivir, pero a estos tan grandes no», explica Soto.

«Los últimos cien años la gestión del fuego en EE.UU. se ha basado en apagar focos pequeños antes de que se hagan grandes», puntualiza Ramírez. A eso se destinan los medios a disposición, pero llega un momento que, si son muchos, los bomberos tienen que priorizar... y ahí llega el punto crítico. «El problema es que si no se extingue, uno de estos pequeños termina encontrándose un territorio propicio en el que va a ser muy difícil ponerle freno. Cuanto mejor se apagan, los incendios que no se pueden controlar más grandes se hacen. Y las proporciones que alcanzarán hacen que un foco pueda estar activo por más de un mes», continúa Ramírez.

Cuando aparece un gran incendio, ya es imposible apagarlo. Si se encuentra un terreno fértil y encima hay viento puede recorrer grandes distancias en horas (uno de ellos se propagó 40 km en un sólo día).

Por mucho que se lance agua desde un helicóptero ya no sirve de nada. Sólo se puede esperar a que las condiciones meteo cambien. Los bomberos tampoco pueden entrar en estos incendios, llamados de sexta generación, en los que se crea un clima interno que provoca tormentas de fuego y retroalimenta las llamas. Además, las condiciones de temperatura se vuelven imposibles de resistir para los seres vivos. De hecho, estos nuevos incendios, cada vez más habituales y que hemos visto en Portugal o Australia, liberan en forma de calor hasta 30.000 kW de energía por metro de bosque.

Todas estas condiciones, más la previsible llegada del viento, hacen que no se sepa cuándo se apagarán todos estos focos. «Parece que las cosas van a mejorar de cara al fin de semana, pero ahora mismo la situación es difícil y esperamos la llegada del famoso viento de Santa Ana», confirma Ramírez.

La solución en California, en España, en Australia y en todo el globo pasa, de forma inevitable por la gestión del territorio. «En este contexto de calentamiento hay que adaptar los bosques para los nuevos escenarios y gastar dinero en políticas preventivas. Hay que gestionar la biomasa de los bosques, regular la urbanización, que estas cuenten con planes de emergencia y que, por ejemplo, los jardines no sean de plantas arizónicas que propagan fácilmente las llamas al interior de las propiedades...», apunta Soto.