Incendios

¡Con la pandemia obsesiva, las cuestiones climáticas y sus consecuencias han pasado a un muy segundo plano. A pesar de la gravedad de algunos casos concretos, como los incendios. En EE.UU. han ardido más de dos millones de hectáreas en el verano, en los estados de California, Oregón y Washington; con sus «fuegos salvajes», verdaderos torbellinos inapagables. En tanto que en Amazonas se contabilizaron en el último año 10.136 fuegos (Bolsonaro ‘fecit’), con un total de 30.000 km2 pasto de las llamas, equivalentes a la extensión de Bélgica.

En Europa, la cosa va a más, por el cambio climático, que ha generado, incluso, lo nunca visto: tormentas tropicales en Portugal (Alpha) o en Grecia con especial agresividad. En tanto que en las Españas, la AEMET considera que el pasado verano la temperatura media llegó a 0,9 grados más arriba de lo que se considera normal.

Fue en 1968 cuando se adquirió en estos pagos nuestros, conciencia de la gravedad de los incendios forestales, al llegarse a incendiar más de 600.000 hectáreas, en un país que no estaba preparado para semejantes ataques del fuego; y que tuvo ese año su primera ley sobre la plaga de la quema de los bosques.

En lo que llevamos de año, y según las informaciones oficiales a 6 de septiembre, llevábamos 54.000 hectáreas quemadas, una cifra menor de lo que se llama normal, con 6.200 fuegos, muchos de ellos provocados, especialmente en el Noroeste: Sr. Feijoó: ¿Qué pasa en Galicia con tantos pirómanos sueltos? ¿No son precisas más criminología y sociología forestales preventivas? No cabe duda de que, en términos generales, las comunidades autónomas están mejor preparadas que antes; y que la UME es una ayuda formidable desde el Ejército del Aire. Pero hace falta mucho más, empezando por la conciencia general de que el bosque es la preservación del agua, y que el agua es el principio de la vida misma.