Menorca

Ramón Tamames
Ramón Tamames FOTO: Cristina Bejarano La Razón

Creo que hay acuerdo general en que la isla de Menorca es una de las auténticas joyas territoriales de España. Difícil de encontrar una extensión así: 700 km 2 , en medio del luminoso Mediterráneo, con tales proporciones, empezando por Ciudadela, que fue su anterior capital antes que Mahón.

El paisaje de la isla es realmente único, con los prados en que pacen serenamente los bóvidos de raza frisona, base de la bien conocida industria del queso menorquín. Con setos que separan las fincas, con olivos salvajes, acebuches, cuyo fruto se aprovecha ahora para producir aceites culinariamente innovadores.

Los caminos rurales menorquines están bordeados de tapias secas, cuyas piedras se sustentan por mera gravedad, pareciendo panorámicas de arte abstracto. En tanto que los acantilados marítimos y terrestres en su verticalidad destacan las paredes acres enmarcadas por la verdura de una vegetación desbordante.

La visita que he hecho a Menorca hace pocos días tuvo su origen en mi amistad con el General Luis Alejandre Sintes (R), «alma corazón y vida» de toda clase de iniciativas históricas y culturales. Y de hecho, protector de la Isla del Rey, en medio del formidable puerto de Mahón. Luis cooperó para impartir una conferencia sobre mi último libro «La mitad del mundo que fue de España».

Es admirable que los menorquines se preocupen tanto por la Historia, especialmente la del siglo XVIII con tres ocupaciones británicas y una francesa. Sin olvidar las razzias anteriores de los piratas berberiscos y turcos. Y sobre todo, lo más admirable es como cuidan su isla, con un esmero ecológico que envidia todo el Mare Nostrum, acariciador de una tan hermosa porción de tierra bajo el sol y que visita la Tramuntana.