Pax kantiana

Ramón Tamames
Ramón Tamames FOTO: Cristina Bejarano La Razón

Aunque haya pasado un mes ya de guerra de Rusia contra Ucrania, no nos acostumbramos a la dura realidad de ver todos los días, en los noticieros, lo que está sucediendo: odio, muerte y destrucción.

No vamos a entrar en los calificativos que se están dando a Putin, gran autor de la masacre, que ha roto todas las reglas habidas y por haber cualquier clase de armonía internacional. Ningún argumento puede esgrimirse para la matanza que se está produciendo y la completa desolación de un país que, con sus problemas, como todos, iba prosperando; al tiempo que se hizo proveedor de alimentos para todo el mundo.

La caída del imperio soviético en 1991, el desmantelamiento de la URSS, debería haber supuesto para Putin la señal definitiva de que hasta los mayores imperios acaban sucumbiendo. Por la sencilla razón de que no se ha encontrado el método para gobernar con sabiduría tanta grandeza y tantos recursos. Ahora, en el siglo XXI, el inquilino principal del Kremlin quiere reconstruir la Gran Rusia: imposible, sin entrar en más explicaciones que las del libro de Paul Kennedy «Auge y caída de las grandes potencias». «Venceréis, pero no convenceréis», la frase unamuniana está en pleno vigor.

Si no caemos en algo mucho peor, la tercera guerra mundial, lo que va a quedar para después de la guerra es un testamento de fuego y martirio que será difícil superar incluso en décadas. Por lo demás, Putin puede haber firmado ya, a meses vista, su propia defunción política. Volvamos a la vieja idea de Immanuel Kant, que preconizó la paz perpetua entre los seres humanos en su célebre ensayo de 1795. El gobierno mundial que preconizó al final del Siglo de las Luces, todavía es un objetivo más que necesario: el orden multipolar sin hegemonías de nadie, en pro de toda la humanidad.