Cultura

Todos los entierros de José Antonio Primo de Rivera

En 1938, sus restos fueron sacados en plena Guerra Civil de la fosa común donde yacían para ser trasladados al nicho numero 515 del cementerio de Nuestra Señora de los Remedios de Alicante

Lápida bajo la que reposan los restos de José Antonio Primo de Rivera
Lápida bajo la que reposan los restos de José Antonio Primo de Rivera

El jefe de Falange Española y de las JONS, fue detenido en Madrid el 14 de marzo de 1936 por una supuesta tenencia ilícita de armas, siendo acto seguido declarado ilegal su partido. En esos mismos días fueron detenidos dos mil falangistas en toda España por orden del Gobierno del Frente Popular. En junio de 1936, cuando aun no había empezado la guerra, José Antonio Primo de Rivera fue trasladado desde la Modelo de Madrid a la cárcel de Alicante, donde sería fusilado a las 6:20 de la mañana del 20 de noviembre de 1936 junto a dos falangistas y dos requetés del pueblo alicantino de Novelda.

Tras su asesinato no hubo informe forense ni se emitió certificado de defunción. Los cinco cadáveres fueron enterrados en una fosa común en el cementerio de Florida Alta. En 1938, sus restos fueron sacados en plena Guerra Civil de la fosa común donde yacían para ser trasladados al nicho numero 515 del cementerio de Nuestra Señora de los Remedios de Alicante.

Terminada la guerra, en 1939, sus restos fueron exhumados y llevados por los falangistas, a hombros, desde Alicante hasta el monasterio de San Lorenzo del Escorial. El féretro, envuelto en terciopelo negro, recorrió a pie media España a lo largo de diez días. En los relevos llevaron las andas lo más granado del falangismo; Serrano Suñer, el general Muñoz Grandes, Pedro Gamero del Castillo, Sánchez Mazas... El 30 de noviembre de 1939 la comitiva entraba en el Monasterio de El Escorial siendo depositados los restos del fundador de Falange a los pies del altar mayor del edificio que mando construir Felipe II en los tiempos en que en el Imperio español no se ponía el sol. Franco depositó una corona en la tumba vestido con el uniforme negro del Movimiento.

FOTO: ARCHIVO LA RAZONTiempo ARCHIVO LA RAZONTiempo

En julio de 1940 se procedería a emitir un certificado de defunción de José Antonio por parte del juez municipal Federico Capdepón Icabaleta; y el 31 de marzo de 1959, un día antes de la apertura oficial de la basílica del Valle de los Caídos, sus restos fueron sacados del Monasterio ahora camino de un nuevo enterramiento en Cuelgamuros. Su féretro iba depositado en las mismas andas que, caminando desde Alicante en 1939, le habían traído al Escorial.

El cuerpo de Primo de Rivera fue ahora enterrado al pie del altar, en el centro de la basílica, bajo una lapida con una cruz y solo con el nombre de José Antonio. El abad de la basílica, fray Justo Pérez de Urbel, oficio una misa de Réquiem. En la tumba el ataúd fue situado en su lado izquierdo lo que explica que los viejos falangistas colocasen y coloquen en este lado de la lápida las cinco rosas del Cara al Sol.

Su familia había aprobado este cuarto traslado, asistiendo al nuevo enterramiento sus hermanos Pilar y Miguel y tres primos, Miguel Primo de Rivera y Urquijo, José Antonio Peche y Primo de Rivera y Ramón Sáenz de Heredia. En esta fecha la presidencia del acto les correspondió al almirante Carrero Blanco junto a cinco ministros: Felipe José Abárzuza (Marina), Cirilo Cánovas García (Agricultura), Jesús Rubio García-Mina (Educación Nacional) y Fermín Sanz-Orrio (Trabajo) e Iturmendi, rodeados de ex ministros azules, militares, jerarcas del Movimiento y muchos, muchos falangistas de base.

Si el camino de Alicante a El Escorial estuvo repleto de uniformes negros, actos solemnes, parafernalia fascista, quedando patente el poder de la Falange del final de la guerra, prueba del papel fundamental que el pensamiento joseantoniano iba a tener en la nueva España nacida de la victoria en la Guerra Civil, en 1959 las cosas fueron diferentes.

Franco que estuvo en el Escorial en 1939, veinte años después no asistió al cuarto enterramiento del fundador de Falange. Presidio Carrero, que todavía no había logrado llegar al culmen de su poder. El féretro fue llevado a hombros por viejos falangistas, por falangistas viejos, de paisano, a lo largo de los catorce kilómetros que separan las dos tumbas, con relevos cada cien metros, a tres kilómetros por hora. En este último trasladado ya se evidenciaba que el tiempo de la Falange había pasado. A la España de Franco llegaban nuevos aires, fruto de los acuerdos con los Estados Unidos, los planes de desarrollo, el progreso industrial y del comienzo de boom del turismo.

Franco seguía necesitando a los azules. Falange era el movimiento político popular con más arraigo en las clases medias y medias bajas de España, el verdadero cimiento humano en el que se sostenía la España del 18 de julio, por su aire popular, nacionalsindicalistas. Una España vestida con la camisa azul de la clase obrera trabajadora, veía como la revolución pendiente se convertía en realidad, pero también veía como se perdía su sueño de protagonizar la historia con mayúsculas, porque los carros soviéticos entraron en Berlín poniendo fin a una España preñada de verdadero nacional sindicalismo. La Falange había sido desplazada, primero por los católicos de la ACNdP, luego por los tecnócratas del Opus Dei y sus proyectos desarrollistas, aunque el sector más popular y numeroso del franquismo seguía siendo azul. ACNdP y Opus Dei eran dos movimientos elitistas, minoritarios.

En el entierro de 1959 el ministerio de Información, entonces dirigido por Gabriel Arias-Salgado, limitó la presencia de la Prensa a un redactor del diario “Arriba”. Hubo mucha tensión debido a la presencia inesperada de muchos falangistas. En el primer funeral por José Antonio, celebrado en noviembre de 1959 en Cuelgamuros, con las luces apagadas de la basílica, se oyó gritar: «Franco, eres un traidor». Pero no era cierto. Franco nunca fue falangista.