Letizia viste de rosa porque es chica

Damos una vuelta a la ideología de género

Cuántas veces habremos oído el tópico del rosa es para niñas, el azul para los niños. Nos hemos cansado de pagar injustamente el llamado “impuesto rosa” y ahora que se acercan las Navidades, nos bombardearán con ropa y juguetes rosados para niñas. Sin embargo, hasta no hace tanto, el color rosa era el favorito de los hombres y las mujeres se apropiaron de él al relacionarlo con la libertad.

Esta semana hemos podido ver a Doña Letizia estrenando en Cuba un vestido camisero en rosa empolvado. La reina vistió el modelo Roane de la temporada pasada de Maje y la crítica general ha sido muy favorable para este vestido transparente, de organza y en un rosa que, según algunos medios “destacaba la dulzura y luminosidad” de la monarca.

En la naturaleza el rosa no existe como tal y para conseguir el color hay que mezclar rojo con blanco. Por eso, antes de que se inventasen los tintes químicos, vestir rosa no tenía ninguna connotación de género sino de poder y riqueza, ya que era un color difícil de conseguir. En el Renacimiento temprano se retrataba a Jesucristo vistiendo de rosa por vincular el color a la inocencia. En el rococó, el rosa era un color de moda que vestían hombres, mujeres y hasta los miembros de la Iglesia.

A principios del siglo XX, los niños vestían de algodón blanco hasta los 6 años, ya que aunque el blanco es el color más sucio, también era el más fácil de lavar.

En 1918, la revista Earnshaw´s Infants´Department publicó “La regla generalmente aceptada es rosa para los chicos y azul para las chicas. La razón es que el rosa es un color más decidido y fuerte, más adecuado para los niños, mientras el azul, que es más delicado y refinado, es mejor para las niñas”. Tenemos que recordar que el rosa se asocia con el rojo, el color de la guerra y del vigor.

Poco a poco, esta moda empezó a calar en una sociedad que vivía en un ambiente post bélico y que pensaba que los colores pasteles de los bebés aportaría la dulzura que no encontraba en su realidad cotidiana. En Bélgica, parte de Alemania y Suiza, siguieron vistiendo a los niños de rosa y a las niñas de azul casi hasta la década de los Setenta.

Que el rosa era un color masculino y con fuerza se ve en películas como El gran Gatsby. En un momento de la cinta, uno de los personajes despide a Gatsby diciendo “¡Un hombre de Oxford!, es como el infierno. Lleva un traje rosa”.

Y es que la moda cambió gracias a una de las mayores influencers que hubo en América tras la Segunda Guerra Mundial: Mamie Eisenhawer. La mujer de Dwight Eisenhower se presentó en el baile inaugural de la toma de posesión de su marido en 1953 con un impresionante vestido en tafetán rosa adornado con dos mil diamantes de imitación y guantes largos del mismo color.

La verdad es que la primera dama vistió de ese color por un motivo muy sencillo: el rosa era su color favorito. Tanto es así que durante la administración de Eisenhower, Mamie decoró tantos salones y baños con ese color hasta el punto que la gente empezó a referirse a la Casa Blanca como The Pink Palace.

Los medios de comunicación americanos se encargaron de vender a la primera dama como una ama de casa feliz de servir a su marido y los diseñadores de moda se rindieron a su estilo colorido y encantador. Una de las citas más célebres de la señora Eisenhower es “Ike dirige el país, yo giro las chuletas de cerdo”.

En una época en la que las mujeres habían tenido que dejar sus hogares para sustituir a sus maridos en las fábricas, la visión del sueño rosado de Mamie causó un fuerte impacto: todas anhelaban sentirse amas de sus casas y llevar vestidos femeninos. Y tener cocinas rosas. (desde luego, era mucho mejor que trabajar en fábricas de remaches vistiendo vaqueros y zapatones).

El Mamie Pink se convirtió en el ideal femenino de libertad que muchas mujeres siguieron en plena Depresión. De hecho, la década de los 50 y los 60 están llenos de icónicos momentos rosas, como el vestido de Marilyn Monroe en “Los caballeros las prefieren rubias” o el Chanel que llevaba Jackie Kennedy el día que asesinaron a su marido.

La cultura de consumo se llenó de electrodomésticos, ropa y juguetes rosas dirigidos exclusivamente para mujeres y niñas, una característica que perdura hasta nuestros días como símbolo absoluto de feminidad.

La estrella de cine Jayne Mansfield se aferró rápidamente a la mentalidad que acompañaba al color rosa: conducía un auto rosa, se casó con un vestido rosa y hasta tiñó el pelo de las mascotas con ese color. Según ella “los hombres quieren que una niña sea rosada e indefensa”. Esta declaración fue el boom que socavó la mente de la sociedad para afirmar que una mujer vestida de rosa era una criatura delicada. Hasta Grace Kelly se casó con un traje de un suave tono rosado.

Lo reaccionario del asunto es que muchas mujeres aprendieron rápidamente que podían usar las connotaciones del color para parecer menos intimidantes ante los hombres, sin cambiar sus personalidades. En la película Grease vemos a las Pink Kadies, las cuatro chicas malas del instituto Rydell que representaban a una feminidad desenfadada y moderna.

El cerebro de los niños y las niñas no nace condicionado por la ingenuidad del azul y el rosa. Recibimos al crecer un condicionamiento que nos hace internalizar estos roles de género. En la actualidad el rosa es femenino, sí, pero también evoca la libertad, la fortaleza y la sensibilidad. Al igual que la Reina Letizia, las mujeres poderosas de la historia nos han enseñado el valor que tiene este color. Como cantaba Édith Piaf, sigamos evocando a esos amantes que nos susurraban bajito palabras de amor y nos hacían ver la vida en rosa