Cultura

Adiós a Ricardo Hontañón

Parece mentira lo poco que nos apoyamos entre nosotros quienes nos dedicamos a escribir sobre música. Cierto es que hay un grupo de responsables de revistas web –Beckmesser, Ópera Actual, Ritmo y Scherzo– que estamos bastante unidos e incluso hemos acordado acciones conjuntas frente a intentos de agresiones injustificables y hasta es posible que un día acabemos en algo común. Sin embargo, en general, hay envidias, rencores o, cuanto menos, indiferencia. Basta leer el ataque personal publicado recientemente sobre uno de nuestros críticos y a la vez compositor sin venir para nada a cuento. Viene este párrafo introductorio al silencio con el que se ha acogido el fallecimiento de uno de nuestros soldados: Ricardo Hontañón. Me he enterado de su desaparición, a los 72 años, gracias al obituario de Andrés Fernández Rubio, un periodista de raza a quien se echa de menos y con quien, junto a Ruben Amón, formé un trío –«Abc», «El País» y «El Mundo»– que mantuvo a raya muchos desmanes en los primeros tiempos del Teatro Real. ¿Os acordáis? Bien podían habernos demandado a los tres por formar un cartel conspirador. Apenas traté a Ricardo, aries y colaborador de «Ritmo» como yo, tan solo cuando visitaba el Festival de Santander en verano y por los emails que nos intercambiábamos. Él vivía allí y llevó la crítica en «El diario montañés» durante cuarenta y dos años. Fue un modelo de supervivencia, de una férrea voluntad de lucha por superar su discapacidad de la que merece tomarse nota. Esa muy notable dependencia física no le impidió marchar de Santander para ir a estudiar a Bilbao y licenciarse en Historia Contemporánea para luego profundizar en musicología. Tampoco le impidió viajar por Europa para seguir la música y a los músicos que más le interesaban. Me lo encontraba años ha en la Plaza Porticada y luego en el Palacio de Festivales y me admiraba su fuerza de voluntad para acudir a los espectáculos y después escribir puntualmente sus críticas con el esfuerzo que le debía suponer, cuando su hermana no podía ayudarle, colocarse frente al ordenador y presionar sus teclas con apenas un dedo. Hizo de la debilidad virtud, redactando de forma concisa. Supo escribir sus opiniones sin acritud hacia los artistas, con la madurez que imprimen los años para expresar lo que pensamos sin herir. Era una persona respetada y querida en su ciudad. Afortunadamente pudo recibir el homenaje de la Fundación Albéniz, que le entregó su merecida medalla de honor. Algunos jóvenes ambiciosos quizá lleguen a celebrar el aumento de oportunidades al reducirse la vieja guardia, pero tanto para los que aún la formamos como para la generación prometedora que encabezan musicólogos como Pablo Rodríguez o Mario Muñoz Carrasco es motivo de tristeza la desaparición de alguien con valía personal y profesional, que suponía un ejemplo de superación para todos nosotros.