Cultura

“Die Tote Stadt”: unos grandes Petrenko y Kaufmann, en la obra referente de la temporada

Kauffmann en "Die Tote Stadt"
Kauffmann en "Die Tote Stadt"Staatsoper bayerische

De Korngold. Voces: Jonas Kaufmann, Marlis Petersen, Andrzej Filonczyk, Jennifer Johnston, Mirjam Mesak, Corinna Scheurle. Orquesta y Coro de la Bayerische Staatsoper. Dirección de escena: Simon Stone. Dirección musical: Kirill Petrenko. Bayerische Staatsoper. Múnich, 22-XI-2019.

La novela de 1892 «Bruges-la-Morte», de Georges Rodenbach, inspiró la ópera de Erich Wolfgang Korngold (Brno, 1897-Los Ángeles, 1957), estrenada conjuntamente en 1920 en Hamburgo por Egon Pollack y en Colonia por Otto Klemperer. Paul Schott, el firmante del libreto, no eran sino el propio Erich, y su padre, el crítico vienés Julius Korngold. La citada novela y la propia ópera de Korngold, que gozó de popularidad en la Europa de entre guerras, inspiraron otra novela, «D’entre les morts» (1954), de los franceses Pierre Boileau y Thomas Narcejac, de 1954, y de todo ello, junto con la aportación del alemán Maximilian Sebald saldría «Vértigo», la película de Alfred Hitchcok de 1958, pero ésta es otra historia.

El director Simon Stone no tuvo tiempo de afinar su trabajo de hace tres años para Basilea, ya que le surgió un proyecto con Netflish y lo dejó en manos de su asistente Maria-Magdalena Kwaschik, pero todo funciona a las mil maravillas. Tanto que no hay más que ovaciones al final, algo bien infrecuente en las puestas en escena actuales. El protagonista es Paul, un viudo obsesionado por la muerte de su joven esposa, aquí a causa de un cáncer, que ha transformado su casa en un museo de recuerdos. Conoce a la bailarina Marietta y ve en ella la reencarnación de su esposa, lo que le hace vivir una pesadilla que acabará cuando asesina a Marietta, aunque finalmente despierte y descubra que solo ha sido un sueño. Recuperado, decide partir y olvidar sus recuerdos. Todo un ensayo sobre la recuperación mental tras la pérdida de un ser querido. Un hecho muy frecuente cuando, tras la guerra, se escribió la obra. La puesta en escena reúne un gran dinamismo al utilizarse constantemente un escenario giratorio para la casa inicial, la que Paul se imagina si hubiera tenido hijos o la persecución a Marietta en sus delirios con muchos personajes dobles. No hay respiro desde la escena inicial y todo es movimiento teatral con ambos protagonistas tratados como personajes de un musical. Al final, Paul abandona su casa con una cerveza… ¿Empezará ahora la crisis del alcohol?

Kaufmann está espléndido como cantante y como actor, en un papel extenuante, a su medida, que va desde el erotismo a la desesperación, casi locura, y que encaja con su color vocal a veces baritonal. Sabe reflejar toda esa crisis vocalmente con un inteligente uso de las dinámicas, fortes, medias voces y pianos, además de los matices tímbricos. A su lado, una Marlins Petersen que brilla a la misma o más altura. La voz no posee gran caudal, pero hay que ver cómo la maneja y cómo se mueve en escena. Una auténtica cantatriz. Petrenko vuelve a ser un prodigio en el foso. Mima a los cantantes, volcándose en los pasajes más líricos. Para ello ha tenido que reducir la enorme orquesta sin que perdiese su poder e ir probando con los cantantes hasta conseguir que siempre sean audibles. Formidable el dúo conocido como «La canción de Marietta», en el que tenor y soprano se lucen.

Estamos ante una lectura orquestal psicológicamente emocionante, que encaja a la perfección con la escena y que saca todo el jugo a la música de Korngold, que reúne en una coctelera personal a Wagner, Mahler, Puccini y sobre todo Strauss, pero también a Lehar y Schreker. Por cierto, Puccini dijo de un joven Korngold: «Tiene el doble de talento del que necesita y con la mitad ya tendría más que yo». Aplausos y vítores interminables y unánimes acompañaron una producción que se convierte en la referencia internacional para esta temporada.