Loquillo: «Formo parte de la cultura de mi país»

El rockero publica «El último clásico», disco en el que trata de unir a varias generaciones de escritores y compositores bajo la marca de la casa

Es el hijo más chulo de la clase obrera y ya sabemos todos que le sobra actitud y franqueza, pero ahora hay que añadir algo más: saber envejecer en el rock es un asunto que se está inventando mientras se habla de ello. José María Sanz Beltrán (Barcelona, 1960) mira a los jóvenes y a su legado en «El último clásico», álbum que acaba de publicar.

-Hay en el disco una sensación de mundo que desaparece.

-Llevo escuchando eso desde que tengo uso de razón, pero el rock and roll tiene una capacidad tremenda para vampirizar y sobreponerse a todo. Por otro lado, sí que es cierto que formamos parte de la última generación que ha crecido con el rock como símbolo global y vital y que ha unido a jóvenes de todo el mundo.

-Pero es el final de una manera de entender el rock.

-Los códigos y las actitudes son de otro tiempo. Y yo creo que la cultura rock se reciclará y eso no me da miedo. Pero vamos a ver desaparecer a todos los artistas con los que hemos crecido. El concepto de clásico consiste en traspasar los tiempos y el espacio y convertirse en cultura popular. Cuando tus canciones forman parte de varias generaciones y el personaje ha trascendido de lo simplemente musical a lo social, estamos ante un caso distinto a la formación de artistas actuales, que son más efímeros y casi inexistentes porque no los ves. Están en la «tablet» y en el ordenador, aunque no se encuentran aquí porque hemos entrado en un tiempo en que la mentira viaja más rápido que la verdad.

-¿Cree que usted trascenderá?

-Ya he trascendido hace mucho tiempo. Sin dudarlo. Formo parte de la cultura del país y mis canciones ya son clásicos de la cultura popular. Eso es difícil de conseguir y no sé si es lo que la gente quiere, pero sí que es lo que yo deseaba. Dejar huella. Y, como decía Gil de Biedma, marcharme entre aplausos.

-Un clásico lo que hace es coger la tradición y darle una visión personal y devolverla. ¿Cuál es la aportación de Loquillo?

-Soy un buen gestor.

-¿Gestor?

-Sí, gestiono muy bien la creación entre compositores, autores, ejecutantes, en pos de una navegación perfecta. Cuando trabajas con poetas como Luis Alberto de Cuenca o Carlos Zanón, con autores como Santi Balmes, Marc Ros o Gabriel Sopeña, aprendes un huevo, y por otro lado reúnes a un equipo imbatible.

-Pero ha de haber un sello personal, porque, si no, eso se convierte en un batiburrillo.

-El sello personal es algo de lo que en la casa vamos sobrados (ríe). Es un aspecto que, si te fijas en el primer disco, “Los tiempos están cambiando” en el año 80, ya se perfila en la forma de trabajar, porque lo hago con tres bandas distintas y varios autores. Esa es primera piedra. Como cuando ves las películas de Clint Eastwood. «Jinete pálido» y luego «Sin perdón», y es siempre la misma película pero perfeccionada.

-¿En qué ha cambiado?

-Soy mejor. Lo que te enseña la vida en todo y en algo tan específico como la cultura rock es que el creador es mejor cuando pasan los años, como sucede en el flamenco o en el jazz, pero no en el mundo frívolo donde todo se evapora del pop. Se sube, se baja, el sonido son ideas, las imágenes son música, tu vida son guiones. Siempre he sido más de convencer que de conquistar y eso se produce con el tiempo. Y las carreras largas son las que definen a los grandes en un mundo en el que todo es efímero. Permanecer es valiente y audaz.

-Dice en el disco que es mitad monje, mitad soldado.

-Tiene que ver con la cultura que has recibido. Esa intersección en la que estoy siempre entre el pecador y el creyente, en ese equilibrio; vivo bajo un fuego cruzado. Cuando empecé mi carrera era demasiado rocker para los punks y demasiado punk para los rockers. Y esa es la historia de mi vida. Es un texto trabajado con Gabriel Sopeña, con el que suelo trabajar los más personales.

-¿Se identifica con «El resucitado» que ha escrito Santi Balmes?

-Cualquier persona que haya vivido un momento de «shock» o de transformación verá algo a lo que agarrarse. Hace mucho tiempo que Loquillo no es un artista, sino un concepto global que agrupa a un montón de autores, compositores y creadores en un bien común, que es el que yo sea el altavoz de todos. En mi caso, la poesía me ha ayudado a crecer. Lo que se aprende en un teatro no se aprende de otra manera. Hay que cambiar el registro, el personaje, la lejanía o la cercanía.

-¿Cómo es su ética de trabajo?

-Soy estoico y tengo unos referentes muy claros: creo en el concepto de Cassavettes de hacer cine. Que conviven lo «mainstream» y lo «off», y utilizo lo primero para hacer lo segundo. He llevado al teatro varias obras, he producido dos documentales de género, y siempre con mi dinero. Antes hipotecaba mi casa y ahora busco inversores. No creo en la financiación a dedo ni en las subvenciones.

-¿Nunca ha recibido una subvención?

-No. Ni quiero. No quiero pagarle los fracasos a los demás y por eso no quiero que me los paguen a mí.

-¿Ha hipotecado su casa?

-Varias veces. Hombre, eso es un clásico. Cuando quieres hacer algo, o consigues inversores y publicidad, o... Somos pioneros en buscar inversores en España y se nos ha criticado mucho por ello. Pero no sé, Iggy Pop hace anuncios de Dolce & Gabbana o de tónica y utiliza eso para mejorar su «show» y es lo lógico. Pero en nuestro país no tenemos Ley de Mecenazgo. Y la necesitamos desde hace ya legislaturas. ¿No somos un arte? ¿No somos cultura? ¿No podemos tener ayudas para infraestructuras y locales o para que los artistas salgan? Con lo que genera el pop y el rock en España, ¿no tendríamos derecho a eso? Desgraciadamente, para el Ministerio de Cultura, nuestra cultura, el rock y el pop, es una cultura menor.

-Publicó hace poco un manifiesto: razón de estado de mí mismo.

-Soy individual. Creo en lo individual y en el libre ejercicio de intercambio entre personas y empresas y proyectos, y no me gusta que el Estado meta mano. Que haya “fair play” y que el público elija.

-Liberalismo.

-No, es una manera de ser un empresario comprometido. Yo estoy comprometido con la cultura de mi país, que es un concepto diferente a lo que ha existido hasta ahora, que era cuantas más subvenciones, mejor. No. Eso ahoga la creatividad y la libertad de expresión porque te condicionan.

-Para buscar la subvención...

-Es clásico: no morder la mano que te da de comer. Es algo que en nuestro país ha existido en los últimos cuarenta años de una forma muy normal. Y yo estoy en contra.

-Canta que «somos lo que defendemos», ¿qué defiende?

-Yo creo en lo que dijo Aute, en el espejismo de intentar ser uno mismo. Es difícil, aunque me acerco.

-¿Por fin?

-Con 58 años, es difícil mejorar aunque no lo descarto, pero he pasado por todos los sarampiones y me considero una persona responsable y he huido del «peterpanismo» en el rock, algo por desgracia muy frecuente. Nunca he pretendido tener una edad que no tengo. He hecho lo que tenía que hacer a la edad que me correspondía. Eso dice mucho del personaje. Por eso, defender tu propia actitud individual frente al colectivo ya es un logro.

-¿Persona y personaje se confunden?

-Es que sucede al revés de lo que dice la gente. Yo soy el que sube al escenario. Es el único lugar donde se me permite ser yo. Soy yo, es mi terreno, mi país, mi territorio. Cuando bajo, represento, soy un actor, soy Loquillo. Es al revés. El de arriba es el yo real, el que baja, la coraza.

-Es decir, que estoy hablando con un intérprete.

-Grande, además. Y muy bueno.

-Desde luego, porque me lo estoy creyendo.

-El personaje se enfrenta a la sociedad. El que tiene a la gente alrededor, pero cuando estás arriba eres tú. Es el único momento de nuestra vida en el que se nos permite ser libres. El escenario es para mí lo más importante y nunca lo he subestimado o banalizado.

-Lo que sucede en las calles es una representación, una comedia.

-Todo el mundo hace su papel, todo es un guión, y generalmente de películas que ya hemos visto.

-Malas.

-Y algunas peores, pero sí. El problema es que yo tengo una edad y he visto muchas películas y sé cómo acaban o los tipos de finales que hay. Y, bueno, a ver cuál nos dan ahora. Es el mismo guión con distintos personajes. Por eso lo clásico permanece, ¿sabes?