Rosalía, una Kawasaki por seguiriyas

Rosalía apabulla en Madrid con un show de mil caballos para despedir “El mal querer”

Lo diremos lo primero, pero habrá que insistir: Rosalía se ha hecho a sí misma. Hasta volverse gigante. Ha levantado, al hacerlo, demasiado ruido alrededor, sin duda. A estas alturas todo el mundo tiene una opinión sobre ella. Los hay que piensan que lleva demasiado aparataje, muchas coreografías y la quieren ver de cantaora jonda, con guitarra y palmeros, pero cuando lo hacía no le prestaban la menor atención. Preferirían que estuviera en su rinconcito, sin molestar. Ya es tarde para esos. ¿Es su manicura discutible? Obvio. ¿Cuántas cosas se le pueden cuestionar? Los dientes de oro que brillaban anoche en su sonrisa pícara, el lazo rojo que le colgaba enmedio de su body blanco y alguna cosas más. La voz anoche sonaba saturada en “A palé” pero si no lo entendieron, este es el estribillo que decía y que pide paso en la enciclopedia del pop español: “Todo lo que me invento me lo trillan. Chandal, oro, sello y mantilla. Restos de caviar en la vajilla. Mi Kawasaki va por Seguiriya”. En Madrid, Rosalía provocó el delirio y lució superestrella.

Algunos incluso en su afán de demérito hablan del papel de El Guincho como si la catalana no tuviera un ápice de mérito en el trabajo que la ha catapultado a la gloria y la respuesta ya la puede dar el productor canario, pero ella misma la ha ofrecido. Las ideas de “El mal querer”, el disco que ayer despedía para dejarlo reposar y que el tiempo diga, son suyas, algo que sigue siendo difícil de aceptar para algunos. Estas son las cosas del éxito en España. Ella trae arte de barrio chulo en “Que no salga la luna”, minimalismo en “Barefoot in the park” y el sintetizador haciendo escalas flamencas en “Maldición”. No es posible que Díaz Freixa sea la mente detrás de esa “Catalina” a “capella” en el momento de éxtasis coplero o que la idea de “Millonária”, una rumba en catalán, sea de cosa del canario. No gastaremos una línea más en hablar de los acentos y las apropiaciones. Otra cosa ha sido su sobreexposición, la cacofonía de su nombre en los medios y la locura comercial desatada a su alrededor. Pocas culpas pueden atribuírsele de eso, pero sin duda que han contribuido a aumentar las reacciones en su contra. Por eso, la mejor decisión de la artista es dejarlo estar. Pero estas cosas solo pasan una vez en la vida para una artista y Rosalía lo sabe: “Quiero deciros que esto es lo más emocionante que me ha pasado en la vida. Y no sé si alguna vez podré volver a cantar en un sitio así ante tanta gente”, dijo ante los 15.000 enfebrecidos fans que abarrotaban el Wizink Center. Rosalía construye su relato basándose en sus referentes, en su propia identidad mestiza, en la calle que no se suplanta y por eso su lenguaje es propio, otra cosa es que no emocione, que comprensible. Y así reivindica la copla, la rumba, el Rap, las motos metiendo ruido y los anillos de brillantes. Y en ese universo, si ustedes se dan una vuelta por la calle hay reguetón y hay acento dominicano o puertorriqueño, el que anoche se le pegó a la catalana cuando quería presentar a Ozuna, que irrumpió para cantar a “Yo x ti, tú x mí”. “Si te sabes este tema, Madrid, cántalo por última vez”, pidió Rosalía como introducción de “Malamente”, una canción que ha marcado a una generación. La puesta en escena fue la de un espectáculo apabullante y perfectamente engrasado aunque de apenas una hora y veinte minutos antes de despedirse con la certeza de haber vivido un terremoto y con la gran pregunta de qué vendrá a continuación. Tendrá millones de ojos observándola.

Fiebre en la calle

Teníamos el audímetro apagado, pero los decibelios del griterío eran ensordecedores. La pasión por la artista catalana se notaba en la previa, desde muchas horas antes del concierto, cuando centenares de personas esperaban, algunas desde un día antes, a la llegada de Rosalía, abrigados y acampados aguardando a la estrella.

Mi primera vez con Rosalía - Carlos Lorca
Intentar explicar con palabras lo que supone escuchar a Rosalía por primera vez es complicado. Porque la ves en videoclips con millones de reproducciones alardeando de dinero y en galas internacionales tratando de sostener todos los Grammys Latinos porque se le van cayendo y con esos dientes y esas uñas que son criticadas y recriticadas y rodeada de artistas de música latina y te crees que estás viendo una reguetonera más. Y puede ser que te quedes con esa imagen si observas esa imagen, la que se ve. Pero cuando toda esa visión se desvanece y ese disfraz se cae, Rosalía manda callar para cantar su flamenco más íntimo, más profundo, y deja correr “El mal querer”, su música. Y ahoga los gritos del Wizink para escucharla, para verla. Para sentirla.
No es fácil labrar una imagen o una personalidad concreta en base a una serie de canciones que no definen su estilo; ni siquiera se aproximan. Pero por ellos está en todos los lados: “Con altura”, “Aute Cuture”, “Malamente” poniendo el broche final y “Yo x ti, tú x mí” con la sorpresa de Ozuna en directo hicieron lo que mejor saben: ponerme a bailar, a brincar, a saltar, a reír, a perrear de vez en cuando; a hacer parecer que eso era una discoteca en pleno sábado noche.
Pero cuando actuaba la otra Rosalía, que no es que haya visto dos, sino que cantaba sus canciones más íntimas, más sentidas, los cuerpos paraban, las voces callaban. La suya, quebrada, hablaba sin hablar. Varias acapellas desgarradoras (“Catalina”, “Aunque es de noche”) silenció completamente el Wizink y nos puso a merced de sus cuerdas. Es complejo describir qué se siente: es como que parece mentira porque antes has visto una coreografía radiacalmente diferente pero no lo es porque su rostro, su gesto, su voz son puramente reales. Es Rosalía haciendo lo que más le gusta: haciendo música, su música. La música que la identifica, o que la ha identificado siempre hasta ahora y por lo que ha logrado estar en boca de todos. Y haciendo una bonita simbiosis. O eso es lo que transmite, al menos, de nuevas.
Disfrutar a Rosalía es despojarse de toda preconcepción anterior y escuchar y ver y sentir, en términos globales. Rosalía no sería lo mismo sin el reguetón, Rosalía no sería lo mismo (aquí creo que mucho más acusadamente) sin su flamenco y Rosalía no sería lo mismo sin sus luces, sus bailarinas, sus extravagantes bailes, su cariño, sus uñas. Ir a ver a Rosalía es ir a ver un show completo, una montaña rusa de sensaciones donde en un momento tienes la garganta inundada por una acapella y, en otro, dañada por creerte el J Balvin que no estuvo: brillando y gritando en lo más alto posible.