Jan Lisiecki, camino de santidad

El pianista canadiense de 24 años se convertirá en un maestro antes de tiempo

Lisiecki exhibió su dominio del teclado en las escalas del «Rondó a capriccio op. 129»
Lisiecki exhibió su dominio del teclado en las escalas del «Rondó a capriccio op. 129»www.peterrigaud.com (nombre del dueño)

Obras de Bach, Beethoven, Chopin, Mendelssohn y Rubinstein. Jan Lisiecki, piano. Auditorio Nacional, Madrid. 9 de enero de 2020.

Este pianista canadiense tiene tan solo 24 años, pero, como ya pusiera de manifiesto en su anterior actuación en el mismo ciclo, está en el camino de convertirse en un maestro antes de tiempo. Posee aplomo, capacidad de concentración, mecanismo fácil y resuelto, maneja hábilmente los pedales y colorea y distingue según el compositor y el estilo. Desde el mismo comienzo lo pudimos advertir en su matizada y variada interpretación del «Capricho BWV 992» de Bach, enfocado desde una óptica abiertamente pianística, sin buscar adherencias clavecinísticas. Un buen pórtico para inaugurar una sesión presidida por la idea de «capricho».

Emplea una técnica muy peculiar, aunque no totalmente original, de apoyo a la nota, con aplicación elástica y presión paulatina de los dedos de cada mano, lo que procuró una reproducción muy transparente y bien cantada de las seis «Romanzas sin palabras op. 67» de Mendelssohn. Destacamos la forma de airear los arpegios del «Allegro leggiero» de la «nº 2» o la manera diríamos que rumorosa pero no oscura de exponer el recitativo de la «nº 5», «Moderato». Respetó escrupulosamente, en el «Nocturno nº 2» de la «op. 27» de Chopin, la indicación «sempre legato e dolce». Exhibió su dominio del teclado en la reproducción fulgurante de las escalas del «Rondó a capriccio op. 129» de Beethoven, donde mostró dedos ligeros y una soberbia resolución de la coda.

Con suma limpieza reprodujo el un tanto banal y diabólico «Valse-Caprice» de Anton Rubinstein, en el que los fatídicos si bemoles agudos prescritos tras un difícil salto de octavas fueron reproducidos con total exactitud. La mano derecha viajaba fulminante y segura. Pudo ensimismarse el pianista, de forma curiosamente madura, en el «Nocturno nº 1» de la «op. 62» de Chopin, con trinos de muy pura conformación. Las 17 «Variaciones serias op. 54» de Mendelssohn fueron tocadas a matacaballo, quizá en exceso rápidamente, sin aparente fallo, con un ímpetu contagioso.

La madurez que está por llegar sin duda no hizo total acto de presencia en la compleja «Balada nº 4» de Chopin, cuyos sucesivos pasos fueron, no obstante, adecuadamente expuestos, es cierto que sin velocidades intempestivas pero a falta de un reposo mayor. Acometió la explosiva coda, son esos imponentes dibujos de tresillos en terceras, en octavas y en acordes, con enorme vitalidad, sin desbocarse por completo y con el entusiasmo requerido. El mismo con el que lo aplaudió el escaso público asistente y que motivó la primera y única propina: una sigilosa reproducción del tema de las «Variaciones Goldberg» de Bach.