Caleidoscopio coral

El Orfeón Donostiarra ofreció en un abarrotado Auditorio Nacional uno de sus característicos conciertos al mando de su titular, José Antonio Sainz Alfaro

El director José Antonio Sainz Alfaro
El director José Antonio Sainz AlfaroJosé Antonio Sainz Alfaro

Coros y fragmentos de Wagner, Verdi, Gounod, Borodin, Puccini y Mascagni. Orfeón Donostiarra. Orquesta de Santa Cecilia. Director: José Antonio Sainz Alfaro. Fundación Excelentia. Auditorio Nacional, Madrid. 10 de enero de 2020.

Volvía el Orfeón a Madrid para ofrecer, de nuevo a Auditorio abarrotado, uno de sus característicos conciertos al mando de su titular, José Antonio Sainz, un músico avezado, conocedor, que desde hace un tiempo desarrolla también su actividad manejando una flamígera batuta, que blande en curiosos y personales movimientos caracoleantes, un tanto heterodoxos pero que parece comunican no solo a sus cantores, sino también a los instrumentistas de las agrupaciones sinfónicas a su mando. Como en este caso aconteció con la muy juvenil Orquesta de Santa Cecilia dócil y permeable, no siempre precisa por mor acaso de una falta de encaje con los dictados de la móvil batuta.

El conjunto, de unos 70 miembros, revela entusiasmo, general afinación, elasticidad, y brinda una sonoridad de espectro muy atractivo, aunque a falta de un mayor brillo y un empaque sinfónico de más amplia entidad. La primera pieza interpretada, la «Obertura» de «El Holandés errante» de Wagner, no auguraba nada bueno pues estuvo falta de empaste, de brío. Fue una versión más bien mortecina, con unas maderas poco inspiradas y algún que otro desajuste.

Todo cambió en el «Fausto» de Gounod con la entrada del Coro, que, tras un inicio un tanto inseguro, volvió por sus fueros con delicadas intervenciones de las féminas en el «Vals» y una entrada vigorosa de los varones, que mostraron su reciedumbre en el guerrero tema. Límpido canto el de sopranos y mezzos en el primer número de las «Danzas Polovtsianas» de Borrodin, que en general sonaron plenas y contundentes muy bien, lo mismo que la Orquesta, encauzadas por la batuta. Muy bella entrada, en «pianísimo», del Orfeón, con excelente intervención de los chelos en el comienzo de la famosa «Obertura 1812» de Chaikovski, interpretada en una versión no habitual, que tuvo buena respuesta instrumental.

De «Lohengrin» de Wagner nos quedamos con el excelso «Coro nupcial». Estupenda idea de Sainz Alfaro la de reducir el nivel de las voces para dar realce a las maderas. Dulces timbres femeninos en «Gli aranci olezzano» de «Cavalleria rusticana» de Mascagni y magnífica aceleración paulatina con el consabido «crescendo» en la parte final del «Coro de toreadores» de «La Traviata» verdiana. Sonó en su sitio el infrecuente «Preludio Sinfónico» de Puccini y suave y rumoroso el célebre «Coro a bocca chiusa» de «Butterfly» del mismo autor.

Muy bien, como era de esperar, el «Va, pensiero» de «Nabucco», y espectacular, a toda máquina, el no menos célebre «Gloria all’ Egitto» de «Aida». Como bis, un formidable final de «Tannhäuser» de Wagner, con Coro y Orquesta a toda presión. Habríamos deseado una mayor presencia de los violines en los repetitivos diseños de la cuerda aguda. Cumplieron los solistas del Coro en su breves cometidos.