Ahora que, en el pórtico azul de la primavera, ha templado el tiempo y ha bajado la lluvia, divina criatura, a bendecir los campos y a fecundar la tierra, es hora de que salgamos de nuestro ensimismamiento y de nuestros oscuros refugios invernales –¡ay, este invierno interminable de España!–, sobre todo del pestilente antro catalán. Es cuestión de esforzarse un poco. Escuchad cómo repica la lluvia en los cristales, mirad cómo resbala por la corteza de los árboles aún desnudos, observad el juego amoroso de los mirlos entre los setos mojados del jardín, contemplad cómo brillan los coches y el asfalto de las aceras cubiertas de paraguas de colores. Aunque la lluvia no está pensada para la ciudad, también ha sabido adaptarse a los tiempos modernos: le limpia el aire y le lava la cara, que buena falta le hacía. Es la fiesta del agua y hay que celebrarla. Reanimémonos tras el invierno como los animales del bosque, como los frutales a punto de brotar, como los espinos de flor blanca en los ribazos, como los escaramujos y los lirios del costero. Es preciso en este preludio de la primavera huir de los aguafiestas, agoreros, rascatripas, rencorosos, victimistas, resentidos, separatistas, tristes... Respiremos a fondo, ahora que «el aire se serena y viste de hermosura y luz no usada», el aroma de las primeras flores de los almendros, de las mimosas y de los ciruelos morados traídos de la India.

Los días se alargan y el amor vuelve a florecer en los bancos del parque. Liberémonos por un momento de la realidad política, de la lucha vulgar de los partidos y del estúpido enredo de Cataluña. Dejemos provisionalmente de lado las cuitas razonables de unos y de otros, sobre todo, las justificadas quejas de los pensionistas y de los parados.

De este modo, a lo mejor recuperamos la experiencia imborrable, inscrita en nuestros genes, de la inocencia que precedió al pecado original. Aún se nota, si bien se mira, esa huella sagrada en las ruinas de los pueblos abandonados, que no han perdido su magnificencia, en las parameras solitarias cubiertas de nieve o en la cara de los niños recién nacidos. Si no conseguimos volver al paraíso perdido, al menos recuperaremos el resuello. Lo que propongo es una evasión sigilosa como terapia elemental. Ya habrá tiempo, si es necesario, de retomar las hachas, los gritos y las lágrimas. No hagamos caso de los nuevos inquisidores que están por todas partes. No nos interesan. Estamos, ya digo, en el preludio de la primavera. Mientras escribo, la lluvia ha cesado momentáneamente y un sol tímido asoma entre las nubes. Démonos también nosotros una tregua.