Nos quita el sueño

Sandra Golpe

Les ves en todas las ciudades, llenando las plazas con sus pancartas. Nuestros mayores, hartos de esperar que uno u otro Gobierno les arregle su situación financiera, nos dan lecciones de pundonor.

No están para bromas tras recibir en casa la correspondiente carta que les avisa –qué poco tacto– de una subida irrisoria del 0,25 de su retiro. Digo yo, ¿de quién sería la nefasta idea de las misivas?

A los abuelos se les atragantó la broma y ahí les tienes, gritando, a las puertas de Hacienda. Ojo con ellos, una preciada masa de votantes que, me explica un amigo, toda junta suma una Comunidad Autónoma capaz de alzar o derrocar a un Gobierno.

A la mayoría de los pensionistas les quita el sueño su economía y, a los políticos, la manera de arreglar el desaguisado. Buscan las fórmulas que garanticen la sostenibilidad del sistema de las pensiones y lanzan globos sonda, como posibles incentivos en el IRPF, o subidas acordes con la del IPC. Son, si te fijas, disparos al cielo mientras crece, sin pausa, el agujero millonario en la hucha de la Seguridad Social. ¿Qué ha conseguido el Pacto de Toledo? Que me lo expliquen.

Urge que sus integrantes acumulen valentía para atreverse a romper con el actual sistema de pensiones. ¿Es aplicable aquí el sistema sueco?, pregunto. ¿Podrían igualarse contribuciones y prestaciones?

Me llevo las manos a la cabeza, definitivamente, al escuchar al gobernador del Banco de España, el señor Linde, afirmando que las casas en propiedad de los jubilados mejoran su pensión, «porque no es lo mismo pagar 600 euros de alquiler que 100 de comunidad», y se queda tan pichi, oye.

Los mismos españoles que sacaron adelante este país claman hoy por sus derechos, mientras una población adormecida les contempla. Apuesto a que miles de treintañeros no les acompañan en su reivindicación de pancartas por puro desconocimiento, y esa idea me desalienta.

A nuestra juventud, el asunto que les quita el sueño, recién salidos del máster y la facultad, tiene más que ver con la precariedad laboral, con tener que emigrar en busca de un empleo digno. Y a mí, lo que me roba hoy el pensamiento es el rostro de un niño de 8 años, arrancado de un tramito de arena. Por favor, que aparezca ya Gabriel.