No a la guerra con EE UU

Juan Rallo

El presidente de EE UU, Donald Trump, ha anunciado que elevará los aranceles sobre el acero y el aluminio para proteger a la industria autóctona. Se trata de un retorno a la política mercantilista que, desde la misma constitución de los EE UU, ha marcado la agenda económica del Partido Republicano. A la postre, los republicanos han representado históricamente los intereses de la industria manufacturera, la cual ha buscado protección frente a la competencia extranjera. No en vano, antes que Trump, Bush y Reagan ya incrementaron los aranceles para blindar a determinados sectores económicos de la presión foránea. Por consiguiente –y por desgracia– el proteccionismo del actual inquilino de la Casa Blanca no es novedoso en la tradición política del país. Ahora bien, el problema no reside únicamente en que Trump haya optado por encarecer la importación de acero y de aluminio. Mucho más grave puede llegar a ser el que otras potencias extranjeras, como la Unión Europea, se lancen a represaliar a EE UU con nuevos aranceles sobre la importación de sus mercancías. Por ejemplo, desde las instituciones comunitarias ya se ha planteado la posibilidad de decretar aranceles sobre la importación de productos Levi's, Harley Davidson y el bourbon. Ojo por ojo. Instintivamente, parece del todo razonable que si EE UU castiga a nuestras empresas, nosotros castiguemos a las empresas estadounidenses. Sin embargo, conviene que miremos más allá de las apariencias. Cuando EE UU impone un arancel sobre el acero está privilegiando a la industria siderúrgica nacional y, al mismo tiempo, perjudicando a otras industrias nacionales (como la del automóvil, que necesita adquirir acero barato para poder competir globalmente), a sus consumidores nacionales de acero y, cómo no, a la industria siderúrgica extranjera. Cuando, por su parte, la Unión Europea impone aranceles sobre los Levi's, está privilegiando a la industria textil europea y, al mismo tiempo, perjudicando a otras industrias nacionales (como el sector de la distribución minorista), a sus consumidores nacionales y a la industria extranjera del textil. ¿Qué sentido económico tiene perjudicar a los compradores europeos de Levi's para protestar por el castigo infligido por Trump a los productores europeos de acero? Ninguno. Se trata de una confrontación comercial por bloques que, de extenderse progresivamente por el resto de la economía, nos empobrecería a todos. No podríamos comprar las mercancías a quien nos las vende más baratas ni podríamos venderle nuestras mercancías a quien nos las compra más caras. Por tanto, en estos momentos, deberíamos mantener la cabeza fría y no responder al mercantilismo «trumpista» con más mercantilismo eurocrático: si Trump ha decidido penalizar a los consumidores estadounidenses con un impuesto a las importaciones, no cometamos dentro de la UE el mismo error. Por fortuna, parece que el nuevo ministro de Economía español, Ramón Escolano, ha entendido la lección y ha reclamado a la UE que no entre en una guerra comercial contra Trump: «El proteccionismo es siempre un error político, es un error histórico y desde luego dos zonas económicas y comerciales tan importantes como Estados Unidos y la Unión Europea no pueden entrar de ninguna forma en una escalada comercial». Ojalá Bruselas le haga caso.