Santa Marta

Antonio Pelayo

Ha sido el mejor regalo por mis 50 años de sacerdocio: concelebrar la Eucaristía con Francisco en su capilla de Casa Santa Marta. Una vivencia inolvidable que necesita tiempo para remansar las emociones.

Hay que llegar al Vaticano antes de las siete de la mañana y someterse a diversos controles antes de atravesar el dintel de la casa donde vive el Papa. Hemos concelebrado con él cinco obispos paquistaníes y otros tantos sacerdotes; asisten no más de veinticinco personas.

Bergoglio es muy puntual y aparece relajado –se levanta a las cuatro y media de la mañana– y aunque sea el Sumo Pontífice sale revestido como un simple sacerdote sin mitra, ni báculo ni palio ni maestro de ceremonias. Leo el Evangelio y escucho su homilía tan profunda como sencilla sobre como rezar a Dios «con valentía y paciencia». Francisco no lee un texto escrito; durante diez minutos comenta los textos litúrgicos y subraya con gestos sus frases.

Finalizada la Misa se une a nosotros en la acción de gracias silenciosa e intensa. No tiene prisa. Le circunda un aura de serenidad y paz. El silencio es total.

El regalo se completa con un saludo personal a cada uno de los asistentes. Me abraza, me felicita, alaba mi trabajo, me muestra su bondadosa cercanía sin protocolos ni distancias y no deja de sonreír. Al salir uno no sabe si ponerse a dar saltos y gritos o guardar en la memoria y el corazón una hora única en tu vida. Es lo que hago.