O dicho en castellano, co-viviendas o proyecto de compartir un espacio. Dicen que este proyecto nació en Dinamarca en los años 60. Yo lo conocí poco más tarde mucho más cerca, en Arenas de San Pedro, Gredos. Allí había una colonia, en plaza circular, en la que vivían un grupo de personas afines que poseían su pequeña casita particular y un espacio común que era la rotonda de todos. Las puertas estaban abiertas y los niños y mayores compartían el espacio exterior y la solidaridad. La primera vez que estuve allí pensé que eso era el paraíso y la forma en la que a mí me gustaría vivir. Ahora ya hay muchos lugares así. En Estados Unidos lo vi para mayores y me pareció mucho más triste. Yo era joven y pensé que de anciana no quería vivir en un gueto. Ahora que soy casi anciana tampoco lo tengo claro. Vivir con amigos sí, por supuesto, pero ¿por qué apartarse? ¿por qué no mezclados con todos? Estos nuevos proyectos para la jubilación vienen de la soledad y la falta de redes de ayuda en las ciudades. Los mayores solos son muchos, y hoy en día la vecindad apenas ejerce. Estamos todos enloquecidos con nuestras prisas, nuestros ruidos, nuestras furias y penas. Los mayores van lentos, como es lógico, y no caben en estos manicomios. Menos aún si están enfermos, algo connatural a la alta longevidad a la que estamos llegando. Muy viejitos seremos, sí, pero enfermos y desolados. Eso no es deseable para nadie. Así que mientras no cambiemos este sistema cruel, tendremos que pensar en unirnos y compartir médicos, gimnasio, gastos. Gastos terribles que los mayores no pueden pagar con sus pobres pensiones.