Fuego en las redes
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Se ha confirmado el tráfico de datos personales en las redes, datos que adquieren con avidez empresas para añadirnos a su lista de clientes potenciales. Ya no somos personas, en este mundo de conglomerados tecnológicos y compra-venta, somos clientes. Dentro de nada, cuando tengamos que rellenar cualquier formulario nos preguntarán: ¿Cliente? ¿fecha de nacimiento? En realidad, ya nada nos preguntarán porque todas las máquinas conocerán nuestros datos. Las redes sociales están en crisis porque se ha demostrado que en ellas dejamos más rastro que Pulgarcito, un rastro codiciado por malandrines. Un rastro que, incluso, puede ser peligroso si los buitres o los locos quieren utilizarlo contra las personas. La gente común e inocente pone sus fotos, sus opiniones, sus fobias. Y no sólo de ellos, también de los suyos: de sus mayores, de sus niños. No percibimos tampoco que en las redes se esconden algunos tipos extraños que nos vigilan, nos odian o nos aman; que funcionan de forma psicopática y, en un ataque de ira, podrían hacernos daño. A nosotros o a los nuestros. Detrás de las pantallas hay cobardes que se atreven a decir lo que nunca dirían a la cara. Hay acosadores que se protegen en el seudónimo. Hay maltratadores que cuando les señalas se retuercen y te lanzan bocados a la yugular de tu muro. Hay envidiosos que te ponen corazoncitos envenenados. Hay infelices que te adoran sin conocerte. Y puede haber delincuentes que tienen un puñal entre sus iconos. Un puñal que podría dejar de ser icono para convertirse en arma blanca. Hay que tener cuidado, queridos míos. Hay que poner atención. Las leyes siempre van por detrás de las desventuras.