Una lengua robada

José Jiménez Lozano

Cuentan algunos escritores rusos de antes de la caída del régimen soviético que estuvieron encantados de ver escrita su lengua, por ejemplo en las obra de Ivan Bunin, porque no era una lengua embrutecida por la política, la superburocracia y la enseñanza académica, que ya la había formalizado antes de la Revolución en otros aspectos, después de que el liberalismo la hubiera secularizado en el siglo XIX.

Una posición extrema en los estudios lingüísticos soviéticos era la del académico Mar, según el cual el lenguaje tenía un origen burgués, y, una vez realizada la revolución, la transmisión del pensamiento sería de mente a mente, y el lenguaje innecesario. Pero no tuvo adeptos tal hipótesis y era, sin duda, mucho más seria, realista y verificable la teoría del señor Stalin, según la cual el lenguaje era una parte de la construcción de la sociedad socialista a cargo de periodistas y escritores a quienes Stalin animó a ser «ingenieros de almas» yéndolas conformando al socialismo real. Algo por cierto no demasiado diferente a lo que se espera más o menos en algunos países capitalistas de democracia modelable, en los que lógicamente también escritores y periodistas pueden emplearse como «ingenieros de almas» que, ciertamente, es un proyecto tan antiguo como el de la torre de Babel y una variante de ésta.

El rey Nimrod, en efecto, pensó que podía escalar el cielo y poner allí su trono, si lograba que todas las gentes del mundo habitado entonces se pusieran a construir una torre, moviendo todos de manera idéntica los labios, que es decir, pronunciando las mismas palabras para que pensaran todos de igual modo, una condición sin la cual no se puede alzar un monumento tan faraónico ni puede construirse un poder personal absoluto y sobre todo el mundo. De manera que la Biblia nos cuenta que para confundir tal proyecto fue necesario que cada quien y cada cual de aquellos constructores pensara por su cuenta y hablara en consecuencia para que aquel invento de la Torre de Babel no pudiera construirse.

Sören Kierkegaard decía, a propósito de todo esto, que los hombres hicieron aquella torre y tuvieron aquellos propósitos tan gigantescos y planetarios, porque estaban aburridos, y más tarde se dedicarían a levantar torres y sistemas de todas clases para dominar el mundo con el mayor de los consensos, echando también mano de un mismo lenguaje que produzca las mismas ideas y visiones del hombre y del mundo de manera que una o cien multitudes pueden ser llevadas hasta al matadero y tan contentas. Aunque previamente es necesario destruir la lengua carnal y verdadera, no meramente comunicativa, sino que guarda en sí misma una historia que es de cada quien y cada cual y el lenguaje de los padres y de los dioses antiguos como escribía Jacob Buchkhart. Es decir, un lenguaje lleno de símbolos y de poesía que nombra la realidad concreta y exactamente, y sabe que el lenguaje de nombres abstractos como justicia o libertad y un sinfín de ellos más, no expresan ninguna realidad porque lo que designan no existe, sino en el pensamiento y el sonido de las palabras, «flatus vocis». pero suscitan ideas y sentimientos vacíos y temibles.

Sólo existen hombres justos y libres, o sus contrarios, y justicia y libertad no se encontraban en la cesta de un buhonero medieval como las cintas de colores o la blonda, aunque sí se nos ofrecen en los grandes supermercados políticos de hoy juntamente con el nuevo juego de la oca a la Babel moderna que es llamar una realidad con el nombre de otra como, por ejemplo, llamar despreciativamente «género» a la persona de las mujeres, y encantadoramente «defensa suprema de la vida» a la «pena de muerte» o llamar aldeas a los campos de muerte de Kolymá y Auschwitz.

Y se hacen milagros con estos lenguajes. Recientemente, por ejemplo, una desprejuiciada locutora preguntaba a una supérstite de uno de esos campos a qué dedicaban su tiempo de ocio en ellos. Corrección de lenguaje políticamente perfecta.