Se acaba de morir un amigo. No era un amigo cualquiera, era lo más parecido a un hermano que he tenido. Era, además, un periodista libre. Le daba lo mismo molestar o no, le daba lo mismo si era correcto o no, le daba igual si a su empresa le convenía que opinara como opinaba. Era, simplemente, periodista. De familia de periodistas, de profundo sentimiento por esta profesión. Pero sobre todo, era mi amigo. Un amigo que lograba que cualquier situación mejorara, que todo acabara en una sonrisa, en una carcajada. Provocaba en todos nosotros una sensación de buen rollo, y sobre todo, de profundo cariño. Y se acaba de morir. Porque se quiso ir. Cuando un amigo tan hermano se va porque se quiere ir, porque decide que ya no puede más, te haces demasiadas preguntas, te enfadas, te interrogas sobre si pudiste hacer algo, si estuviste todo lo que debías. Ha sido un egoísta, murmuras, no ha pensado en el sufrimiento que va a provocar. Lo hizo, aunque su conclusión fue otra distinta. Pero solo ver a sus hijas, a su hijo, ver el amor que le tienen y le tendrá, observar su dolor sin despedida, es el mejor legado. Querido Zulo, qué bueno todo lo que dejaste. Y te pongas como te pongas, no te dejaremos marchar de nuestros recuerdos. Y no nos haremos preguntas.