Soledad pintada

Reyes Monforte

Cuando Herman Hesse preconizaba que feliz de aquel que haya encontrado su soledad, no una soledad pintada ni imaginada, sino la suya, la única, la destinada a él, no imaginaba lo que está sucediendo en Japón con los jubilados. Los mayores japoneses optan por delinquir, realizando pequeños hurtos en las tiendas, para así entrar en prisión y allí mejorar sus condiciones de vida y, especialmente, combatir la temida soledad. Lejos del grito desesperado del «Ecce Homo» de Nietzsche –«Yo necesito soledad, quiero decir, curación, retorno a mí mismo, respirar un aire libre, ligero y juguetón»–, los ancianos nipones prefieren constreñir la respiración y la intemperie pero estar acompañados, a respirar a cielo abierto pero en soledad.

Tampoco es tan extraño, aunque sí descorazonador. El miedo a la soledad suele poner al límite a algunas personas. Conozco a alguien que delinquió para que le metieran en prisión y allí reencontrarse con el amor de su vida; sé de una madre que quebrantó la ley para que la encerraran y acompañar a su hija drogadicta en la cárcel. No es que conozca a personas muy peculiares –que también–, es que la sociedad está habitada por personajes extraordinarios con historias increíbles que dejarían sin palabras al mejor de los guionistas. Estamos muy acostumbrados a ficcionar la realidad, pero a veces la vida se vuelve tan malcarada, inaguantable y temida que hay quien prefiere falsearla y retorcerla para vivir una realidad que no es la suya. Da miedo. Y no hay que irse a Japón para asustarse.