El Máster

Abel Hernández

Desde que la Universidad ha perdido su carácter histórico de centro superior de formación intelectual y espíritu crítico y se ha convertido en medio práctico para encontrar empleo, los máster se han ido imponiendo en el curriculum a licenciaturas y doctorados. El mundo de los negocios se interesa mucho por ellos. Es casi lo único que les importa. La formación profesional se impone al cultivo de la inteligencia. El pensamiento no cotiza en bolsa. A casi nadie le sorprende que los estudios «prácticos» desplacen, hasta reducir casi a la insignificancia, a la filosofía y a las lenguas clásicas.

No está el horno para bollos ni el mercado para poesía. Así que, de unos años a esta parte, con Bolonia como referencia, los máster más curiosos han proliferado, en parte por exigencia de ese mercado y en parte, sobre todo en los centros privados, para hacer negocio a costa de los alumnos, esquilmando a las familias. Cuanto más caro, menos competencia a la hora de buscar empleo. El control académico y el nivel de exigencia son también muy variados. Depende de Universidades y del prestigio del director del máster. A mayor autoridad, más libertad para hacer y deshacer. Es lo que parece que ha ocurrido en el manoseado máster de la URJC, cursado por la actual presidenta de Madrid cuando era delegada del Gobierno, y por algunos otros políticos conocidos, a los que se trató, dados sus conocimientos del tema y su poco tiempo disponible, con extraordinaria flexibilidad. Lo llamativo es que estos políticos no necesitaban el maldito máster para nada. Estaban ya cargados de trabajo bien pagado. ¿Para qué demonios querían un máster? Parece un contrasentido, si no fuera por aquello de que a nadie le amarga un dulce.

La estúpida vanidad humana. Querían lucirlo en el curriculum, sin conciencia de haber cometido ninguna irregularidad ni sombra de delito, que aquí no aparece por ninguna parte. Lo peor es que no miraron a su alrededor y observaron los apuros de sus teóricos compañeros de pupitre, porque ellos estaban dispensados de ir a clase y ni siquiera los conocían. Es lo que cabrea. Y eso es todo, me parece. Luego viene la utilización política del caso, con la filtración a la prensa y la interesada moción de censura. Estamos ante la descarada pugna por el poder en Madrid, con la ayuda impagable de los medios de comunicación amigos, que se están empleando a fondo. Se pretende acabar con el dominio del PP como sea. Toda esta «operación» huele a podrido. No sólo el máster.