Anticipándose al Día Mundial de los Simpsons, nuestro Milhouse nacional, Íñigo Errejón, eligió su minuto de gloria. Los periódicos amarillean con el tiempo, como el cuerpo de la familia de Homer, pero queda negro sobre blanco impresa el alma de los personajes que retrata. La de Errejón amaneció ayer en el quiosco turbia, no como la de un Maquiavelo sino más bien transformada en trasunta de «La divina comedia».

Para Errejón el infierno son los otros. Claro que esa creencia sólo puede venir de un Belcebú. Imaginó una venganza demasiado temprana. Pero en ese infierno el que lleva los cuernos es su antaño colega Pablo Iglesias. Fuego por la boca escupió al descubrir la emboscada que le preparaban. «Ni media tontería», advirtió en la víspera el líder. Luego se encontró con esos juegos de tronos que tanto le gustan.

Milhouse es el que se lleva las collejas en clase. Iglesias conoce las tácticas para destruir al enemigo. Se abrazarán en los mítines, tal vez se besen aunque a sus espaldas luego pase el brazo por la boca para borrar el cariño impostado. Aguardará a que pierda, le rodeará de una guardia pretoriana por si toca poder, y, aún en el fracaso, lo colmará de halagos y encenderá una pira funeraria para enterrar a un héroe.La dictadura podemita tiene sus reglas.

Errejón se pasó de listo ante la inteligencia del comandante que en su escalofriante credo esperará el momento oportuno para aplastar cucarachas. No importa ir cargado de razones. El demonio siempre gana y Errejón no ha pasado de ser por el momento la bruja del tren de los escobazos. Para ser malo se necesita valor y no ser un llorica al que le suenen los mocos los electores.