Desencajes muy antiguos

José Jiménez Lozano

Digamos que no deja de ser curioso que pese a que esta comunidad europea de rostros pálidos, que sigue llamándose Europa, aunque enfatiza que no quiere tener que ver nada con su pasado, está ofreciendo muy vivamente unos tics, que parece que no haya pasado ni un mes desde que los españoles éramos el Imperio en Holanda, Bélgica y Alemania, y que estos países están desquitándose de aquello, de alguna manera. Un buen número de opinantes y analistas achacan este hecho de que a España se la tenga, digamos que una cierta ojeriza o prejuicio, a la famosa leyenda negra, y a cuenta sobre todo de la Inquisición llamada castellana o de control y sospecha sobre los judeo-conversos, y de nuestro imperio en las Indias occidentales, o América española. Y a cuenta también de nuestra guerra civil convertida casi en la guerra de Troya, que fue también tan bárbara que hasta un río, el Escamandro, tuvo que ponerse en pie para detener la cólera de Aquiles, pero ambas fueron escritas luego de manera muy lírica y épica, especialmente por quienes no la tocaron con un solo dedo, pero hallaron un aspecto de aquella guerra transformable en ético, y no sólo vendible sino muy rentable, y que poseía los poderes de una especie de sacramento bautismal que todo lo borra, y de bula imperial que todo lo consigue, como se comentaba en USA, en esos mismos años de nuestro triste cainismo.

Racine decía que uno de los efectos de las guerras es que producen millares de historiadores, y de éstos como de filósofos o poetas conviene que no haya demasiados, porque de otro modo se acaba escribiendo una historia interminable y, como digo, sentimental y retórica. Y esto es lo que llevó, a un amigo, a responder a un hispanista un tanto ligero, que se lamentaba de que, antes de la Constitución del 78, no hubiéramos ofrecido los españoles algún espectáculo de jarana, que él y yo preferíamos que la jarana se diera en su país, y nosotros ya contaríamos las cosas.

Es como un sino maldito el de que España tenga que ser siempre un espectáculo surrealista, una especie de paella con inquisición, bandidos, Cármenes con la navaja en la liga, cambios de nombres de calles y de sucesos históricos, y entierro y desentierro de huesos de muerto y de Constituciones, u odio de ésas como hacia la última que tiene algo de imperdonable para nuestra estupidez nacional, ya que es la única Constitución entre las nuestras que en su base pre-constitucional se nos ofrece como decisión de la nación española una e indivisible, y no está hecha contra nada ni nadie. De manera que así parecería, entonces, algo desangelado y soso, y nada interesante para nuestros admiradores de la España como un capricho inquisitorial y goyesco.

Antaño, en efecto, no entendían los europeos que no encerrásemos a los judíos en ghettos y Erasmo mismo, aunque le invitó el emperador Carlos I, que era paisano suyo, sintió terror de encontrarse con judíos en España, y se desanimó. Mientras otro holandés, que vino con el emperador, vio al conde de Benavente vestido «a la mora», con una especie de chilaba, y como no sabía cómo vestía un islámico, escribió que iba disfrazado de rey mago, pero resulta que Europa ya no es la Europa de aquellas extrañezas. Europa ha renegado su entraña cultural greco-romana y judeo-cristiana, y España también se ha apresurado a ello, pero parece que, aun así, no acaban de encajar, y por ejemplo un golpista español puede ser visto como un virrey destronado en Alemania.

Así que alguna vez se tienen malos sueños que otorgan la sensación de que quizás solamente un asunto como el de la inmigración masiva sería la gran ocasión no para el famoso multiculturalismo, sino para liquidación de toda las culturas renegadas, y entonces sería de esperar que en el nuevo Imperio ya no hubiera ni pintoresquismos en España ni extrañezas en Europa, sino nada de nada, ni de nadie.