Montoro quiere que le quieran

Jesús Rivasés

Cristóbal Montoro colecciona más detractores que defensores. Los ministros de Hacienda nunca son muy populares. El responsable español del fisco lo sabe, pero a pesar de todo le gustaría ser querido y lo explica sin complejos: «El problema de este país es que el ministro de Hacienda es muy buena persona», comentaba hace unas semanas en una reunión, para sorpresa de sus interlocutores, que interpretaron sus palabras como una broma más o menos graciosa, pero que fueron pronunciadas en serio.

Montoro, que ya ostenta el récord de ser el ministro de Hacienda más longevo de la democracia y de la historia moderna de España, es sobre todo un político que tiene la experiencia suficiente como para no decir nunca lo que no quiere decir.

Tampoco ahora se le ha escapado nada y lo que le dijo a Jorge Bustos sobre la malversación o no de los líderes del «procés» lo dijo porque quería decirlo y, error o no, nadie en el Gobierno le ha enmendado la plana pública y oficialmente, lo que no impide que la procesión vaya por dentro en el Consejo de Ministros, en donde la única fidelidad absoluta es a Mariano Rajoy.

El titular de Hacienda explica a quien quiere escucharle que él es un «soldado» al que le dicen «vamos hacia allá» y «allá vamos», algo que es toda una filosofía de supervivencia en el poder. Montoro tampoco es un «aventado» como apuntan muchos de sus críticos, entre los que abundan compañeros del Gobierno.

Zoido, el titular de Interior, tiene que lidiar con Guardia Civil y Policía y los informes de los dos cuerpos, con rivalidad histórica a cuestas, no coinciden en el asunto de la malversación de Puigdemont y compañía, aunque sea por matices. Catalá debe torear con fiscales y magistrados y tampoco está feliz, como Cospedal, que jugará hasta el final sus cartas de futuro, sin olvidar a los gemelos Nadal, el ministro de Energía, Álvaro, y Alberto, secretario de Estado de Presupuestos, a las órdenes directas de Montoro y que cree que debe ser ministro. Lo que pasa es que «Cristóbal está gagá» es el mensaje emitido desde ese entorno, mientras se multiplican las teorías sobre si la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, que no renuncia a una solución más pactada del asunto catalán, ha influido –incluso sin quererlo– en un ministro que al final de su carrera, por ahora, sueña con ser querido y que en broma dice que se merecería la embajada en las Seychelles.