Rocío Carrasco y Antonio David: Veinte años a la greña

Jesús Mariñas

Hay cosas interminables que acaban en casos casi clínicos e incurables. Por ellos no pasa el tiempo y se mantienen vivos, coleantes y llenos de interés, pese a que sus protagonistas ya no están en el orden del día. Es lo de Rocío Carrasco y Antonio David, veinte años a la greña. Aunque no siempre estuvieron así. Se impone el «remember» para ponernos en lo que a la hija de su madre le costó unirse con el entonces guardia civil, que estuvo a punto de ser expulsado de la Benemérita tras quedarse con un compinche de 50.000 pesetas –sí ha pasado el tiempo, sí– que habían cobrado de un multazo. Nunca entregaron la cantidad a fin de no oficializarla. En aquella época terció la cantante chipionera, recurrió a las alturas, abusó de su fama y hasta relación con altos cargos del cuerpo para que el tema no prosperara.

Siempre se opuso, igual que Pedro Carrasco, a ese amor más que loco, nacido de cuando Rociíto –entonces la llamábamos así con ternura– se encaprichó del guardia civil hasta enfrentarse con sus padres. Lo veían claro porque el mozo no disimulaba sus intenciones de braguetazo.

«O me dejáis estar con David o me largo cuando dentro de nada alcance mi mayoría de edad», era su amenaza. Y no hubo más remedio que rendirse al más encoñamiento que amor. Creó malestar familiar, incluso distanciamiento entre el boxeador y su adorada hija. Descalabró en su imagen aparentemente idílica o casi crónica de una muerte anunciada que veintidós años después de aquella boda, tras acabar separándose, sigue fresco como en su nacimiento. Ahora anuncian el juicio contra Antonio David, que se hizo todos los «Tómbola» que puedan suponer y que por su primera intervención cobró siete millones de pesetas, un dineral equilibrado con las tarifas que abonaban a su entonces todavía esposa. Ella argumenta «maltrato y lesiones psicológicas» para sentarle en el banquillo. Algo «aterrador» que suele penarse con cinco años de cárcel. Luego sostuvieron batalla por la custodia compartida de sus hijos, que finalmente ganó David, al que sigo mirando juvenil como al casarse en la finca Yerbabuena, en uno de los bodones familiares que llenó revistas y marcaron aquella más que ermita presidida por un virginal retablo de Juan de Juanes.

Toda la historia amargó especialmente a Rocío Jurado, que solo entendió el problema cuando también se separó de Pedro Carrasco. Porque cuando se unieron ante Dios y ante los hombres en calurosa tarde andaluza el guardia nos miraba por encima del hombro consciente del poder sexual que ejercía sobre la encaprichada hija de sus padres. Hoy, al cabo de veinte años, el problema no se extinguió. El encono está tan vivo como para hacerme preguntar qué ocurrió entre ellos, parece que en la actualidad felizmente casados. Fidel Albiac ha sido un soporte firme, constante, entregado y duradero para que Rocío, no más Rociíto, rompiera con todo su entorno, dejase de ir a Chipiona cada septiembre para orar ante la Virgen de Regla y se distanciara de los suyos como nadie habría imaginado ante el romanticismo de un amor trocado en odio tan resistente, mantenido y constante.

Aunque vi nacer, crecer y hasta tropezar a Rociíto cuando equivocada debutó como maniquí, pues cada miércoles comía lentejas en casa de la Jurado, no me explico tal escarnecimiento con el que un día supo seducirla hasta prometerle amor eterno. Dicen que David tiene deudas que superan los dos millones de euros, me pregunto en qué los habrá gastado y si alguna vez los ha visto juntos.