Un perdón injusto

Alfonso Ussía

Nada que comentar de la basura del comunicado etarra. No soy experto en análisis de basuras y puedo errar en el resultado. Sí me propongo escribir del perdón de los obispos vascos por sus antiguos cariños a los terroristas y sus desprecios a las víctimas. Sobra su referencia a «las peticiones de los familiares de los presos inmersos en diversas necesidades humanitarias», que en realidad suena a recuerdo estratégico por las circunstancias. Escribo que el perdón de los obispos vascos es injusto, porque no son ellos los que, en justicia, están obligados a pedir perdón. Ninguno de ellos protagonizó «complicidades, ambigüedades y omisiones», como han recalcado. Fueron otros. Y especialmente dos obispos eméritos de San Sebastián, monseñor Setién y monseñor Uriarte, que están más vivos que «Orgullito», el extraordinario toro de Garcigrande indultado por la plaza de Sevilla después de una grandiosa faena de «El Juli», y que cura sus heridas en la dehesa.

Ese silencio de los obispos responsables de constantes villanías, más que «Orgullitos», son «Orgullazos» y no se apean de sus acciones y manifestaciones, muchas de ellas extralimitadas en su perversidad.

No albergo esperanza alguna de que algún dirigente del PCE pida perdón por los crímenes de Santiago Carrillo en Paracuellos. Un genocidio de seis mil españoles inocentes. Carrillo vivió treinta años para hacerlo y no mostró arrepentimiento alguno. No sería justo que los actuales responsables del comunismo en España pidieran perdón por lo que no hicieron. Los obispos que se han mostrado arrepentidos sin esconder la claridad ni exponer sus palabras a exégesis confusas, no coincidieron en sus labores pastorales con la época terrible de la ETA. «Muchos de los hombres y mujeres que conforman la Iglesia han dado lo mejor de sí mismos en esta tarea de ser instrumentos de paz y justicia. Pero somos conscientes de que también se han dado entre nosotros complicidades, ambigüedades y omisiones por las que pedimos sinceramente perdón».

Ni el Obispo de Pamplona, monseñor Pérez, ni el de San Sebastián, monseñor Munilla, ni el de Bilbao, monseñor Iceta, ni el de Vitoria, monseñor Elizalde, tuvieron que ver con las complicidades, ambigüedades y omisiones por las que solicitan el perdón de la sociedad española, y especialmente, de los creyentes. Los responsables restan callados. Hora es de recordar al padre jesuita Sagüés, que se atrevió a denunciar públicamente en una carta publicada en «El Diario Vasco» la felonía de monseñor Setién. El padre Sagüés fue el último preso político de España. Por orden de Setién fue confinado en Loyola, se le prohibieron las visitas y las llamadas telefónicas, y como buen jesuita obediente esperó en el huerto de Ignacio su final sobre esta tierra. Su Santidad el Papa Juan Pablo II, quizá mal informado, no prestó demasiada atención a las peticiones que le formularon El Rey, Don Juan De Borbón y el presidente Felipe González para que librara a la diócesis de San Sebastián de un Obispo sentimental y anímicamente más cercano a los asesinos que a sus víctimas.

Y la Conferencia Episcopal Española se comportó con reiterada cobardía. Los españoles que no vivieron aquellos tiempos de sangre y metralla y lean este texto, tienen el derecho a saber lo que en esa época se vivió y se murió en España. Mas de ochocientos asesinados, tres mil heridos, centenares de chantajeados, y un Obispo que le dijo a María San Gil en su despacho, semanas después del crimen de Goyo Ordóñez «que dónde estaba escrito que a los hijos había que quererlos por igual».

Resulta reconfortante que los Pastores de hoy se identifiquen con las ovejas y no con los lobos, como los de antaño. Pero insisto en que son Setién y Uriarte Goricelaya los obispos obligados a pedir perdón, y no los actuales, diáfanamente alejados del terrorismo y la violencia.

Unos piden perdón –y mucho lo agradecemos–, por lo que no hicieron, y los que habrían de solicitarlo, mantienen el silencio.