Unas horas antes del partido de final de Copa del Rey de anoche alguien me preguntó si me parecería bien que se suspendiera el encuentro si se pitaba el himno de España. Ojo, amigos, porque esa pregunta siempre tiene una trampa. Y dije que, en principio, realmente, me daba igual con el argumento que ni me interesaba, ni me sentía parte de algo que tuviera que ver con ese partido, ni me rozaba. No les vale. Luego dije que no quería que se suspendiera, que me parecía mal que por esos silbidos se decidiera tirar por la calle de en medio . Hubo algún gesto raro y tuve que recordar que soy de Albacete, es decir, el nacionalismo no es precisamente lo mío. Apostillé que me parecía una falta de educación enorme pitar el himno de España, pero recordemos que este es un país donde solemos pitar el himno del país al que nos enfrentemos en cualquier disciplina deportiva, así que tampoco es una excepción. Añadí que me sentía incómoda por el Rey cuando esas situaciones se producen y entonces me dijeron que era «una zen». En fin, que si no te sumas a todas esas opiniones puedes pasar por una sospechosa independentista. Yo creo que un partido de fútbol no se puede suspender por una pitada al himno por dos cosas: cada equipo tiene la afición que se ha ganado y que abona con sus mensajes. Eso retrata al club. Y dos: como lo hagamos están ganando. Van a pitar hasta cuando acabe nuestra cafetera.