Nuestras nucas

Pedro Narváez

Los etarras siguen llevando pistola. Quieren empuñar el arma de la política una vez constatado que los cientos de víctimas les han valido para poco y que hay otras maneras de conseguir un «procés» sin que las vísceras ametralladas desprecien los zapatos sin estrenar. Que me perdonen los familiares de los asesinados pero ahora todas nuestras nucas están a tiro. El peligro es mayor.

La bestia aguarda a que la palabra paz ablande los corazones, extender la idea de que las víctimas al cabo son un engorro que no facilitan la convivencia, vaya por Dios y los obispos vascos, y que la democracia es una serpiente que habla y vaticina el camino hacia un Estado nuevo en el que no hará falta agitar el árbol para que caigan las nueces. La paz no era esto. Los únicos que descansan son los que pueblan los cementerios. Aquí, debajo de los adoquines está la sangre. Las calles civilizadas de San Sebastián esconden sótanos de RH de todo tipo por donde deambulan ciudadanos despreocupados y almas muertas de miedo. Muertas de todas formas.

Ahora quieren mandar de verdad, con la simpatía del PNV al que le sale la cola del diablo por el traje bien planchado de la burguesía, y la de los que se dicen constitucionalistas pero que en realidad defienden las formas de su culo según las sillas que ocupen. Josu Ternera es un asesino convertido a la mitología en un Che Guevara de camiseta borroka. Quiénes pueden pasar por alto los asesinatos de un monstruo se convierten en parte de él.