Presiona el Arsenal como un poseso. Aguanta el Atlético como un jabato, reforzado por el milagro de Londres (1-1 en el Emirates), a riesgo de que la paciencia se quede sin premio. Lo obtiene. Del voleón de Oblak saca petróleo Diego Costa, tan fuerte y tan frágil, o de recuperación apresurada. Con el 1-0, el descanso y la consigna: sufrir, sufrir y volver a sufrir. ¡Ay Señor, cuánto padecimiento!

Decíase de Makelele que por cada balón que robaba regalaba tres... El Madrid lo echó de menos después de traspasarle al Chelsea. Gabi, ese pulmón rojiblanco que invierte en cada partido hasta el último gramo de fuerza, a veces imita al Makelele bueno o malo, el que levanta la grada o la hunde, rebaña pelotas o las rifa. Así es Gabi, arquetipo del Atleti, que enamora o desespera y frente a rivales como el Arsenal consume la paciencia de Job. Porque parece superior. Y lo es; sin embargo, las pasa canutas por esa malsana incompetencia estacional, a ratitos desesperante. Pero entra en el cuarto de hora de reflexión con el gol de ventaja, la recompensa moral del deber cumplido y la seguridad de que el Arsenal se volcará en busca del empate mientras se agota y eso le convertirá en un adversario cristalino, de manera que Gabi recuperará al mejor Makelele. Así lo hace, en tanto Griezmann falla un par de ocasiones. La tensión aumenta y aunque los pupilos de Wenger son la imagen de la derrota, el nudo no afloja. Entonces, próximo el final, Diego Costa, acalambrado, pide el cambio. Sólo susto. Entra Torres y roza el 2-0; Rafa Nadal, pañuelo rojiblanco al cuello, sufre en el palco como sólo sabe sufrir el Metropolitano, que revienta de «orgullo y satisfacción». Próxima parada, Lyon, 16-M.