Sonia, Silvia, Fabio...
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Cuentan que ETA ha organizado un comité que limpie, fije y dé esplendor al sepulcro de la mafia. Que si Gernika, que si la garra centralista y el ogro jacobino. Incluso estos días encuentras invocaciones a un esotérico «conflicto armado» y a unas seculares injusticias. Lo que sea para maquillar el asesinato de 853 personas o el exilio forzado de 100.000. No me sorprendería el derrape si quienes hablan fueran portavoces de, no sé, ONU Mujeres: gente capaz de no leer en un idioma que desconoce sentencias de 370 páginas que no entiende.

Pero tratándose de tipos que vivían aquí, que vieron lo que ocurría, resulta asqueroso. Inconcebible, un suponer, que en ciertos ámbitos todavía gocen de prestigio las rocambolescas equidistancias entre ETA y el Estado. O entre Josefa Ernaga, Domingo Troitiño, Rafael Caride Simón y Santiago Arróspide Sarasola, condenados por el atentado de Hipercor, y Sonia Cabrerizo Mármol (15 años), Susana Cabrerizo Mármol (13 años), Silvia Vicente Manzanares (13 años) y Jorge Vicente Manzanares (9 años), asesinados, junto a otras 17 personas, aquel 19 de junio de 1987. Víctimas «colaterales» de un «conflicto» a los que los últimos verdugos dedican una disculpa nauseabunda. La misma que niegan a Silvia Pino Fernández (7 años), Silvia Ballarín Gay (6 años), Rocío Capilla Franco (12 años), Pedro Alcaraz Martos (16 años), Esther Barrera Alcaraz (3 años) y Miriam Barrera Alcaraz (3 años), hijos de Guardias Civiles asesinados en el atentado contra la Casa Cuartel de Zaragoza, también en 1987 (la escoria había decidido acumular ataúdes blancos con vistas a Argel).

El mismo perdón, vaya, que niegan a Antonio Moreno, Guardia Civil, que en 1991 sufrió un atentado en el coche donde viajaba con sus dos hijos, Álex y Fabio, de 2 años. Abrazado a Fabio, que murió en el acto, su padre repetía «Ya me lo han matado estos hijos de puta». HB, por su parte, advirtió que «No permitiremos que se utilice ese dolor para la realización de denuncias hipócritas por parte de quienes tienen la responsabilidad de estar prolongando el sufrimiento de este pueblo». Si alguien les vuelve con el «conflicto», recuerden a Antonio. El cuerpo de su niño cayéndosele a pedazos entre la chatarra. Recuerden, por lo que más quieran, que solo faltaba que los sepultureros reescriban la historia de Sonia, de Silvia, de Fabio...