El circo de Torra y Puigdemont

Jesús Rivasés

Quim Torra ya es presidente de la Generalitat. «Provisional», según repite él mismo y también vicario de Carles Puigdemont, que dirige una especie de circo político, ahora con dos pistas, una en Berlín y otra en Barcelona, y quizá con alguna más en el futuro. Todo algo «friki», como opinaba en octubre el británico «The Guardian», que recurría a Almodóvar para explicar lo que ocurría en Cataluña y escribía de «un país al borde de un ataque de nervios». El «provisional» Quim Torra, de raíces democristianas y liberales, ha logrado el apoyo de los anarquistas-digitales de la CUP y ahora habla de una «etapa de transición». Puigdemont advierte que a partir de octubre se pueden convocar elecciones. En la Moncloa creen que el «honorable» vicario aprovechará la celebración del juicio contra Junqueras, Turull y el resto de encausados –el de Puigdemon se retrasará algo más– o incluso el anuncio de las condenas, para llamar a las urnas, con el victimismo como bandera. Hasta entonces, en la pista del circo de Torra puede ocurrir cualquier cosa.

Familiares del nuevo presidente de la Generalitat destacan que cerró sus discursos de investidura con citas a Carrasco y Formiguera (1890-1938), poco conocido fuera de Cataluña, pero que fue un político muy nacionalista, democristiano y fervorosamente católico, miembro de Uniò desde su fundación. Fue juzgado sumariamente y condenado a muerte por el régimen de Franco por «adhesión a la rebelión», por ponerse al lado de la República. La sentencia tardó ocho meses en ejecutarse e incluso medió el Vaticano. Le ofrecieron conmutar la pena si se retractaba de su fidelidad republicana, pero se negó y fue fusilado. Murió, como ha repetido Torra, con el grito de «Visca Catalunya lliure». Dejó viuda y siete hijos, algunos de corta edad. Uno de ellos, ya bastante mayor, desde el respeto y la admiración a su padre, recordaba hace unos años que nunca entendieron su sacrificio y las consecuencias que tuvo para ellos. Junqueras y la mayoría de encausados en prisión, si pudieran, reescribirían la historia y evitarían la cárcel, pero el que Torra insista en citar a Formiguera como broche de sus dos primeros discursos llama la atención. Los que le conocen sugieren que es un indicio de que está dispuesto a sacrificarse –ir a la cárcel–, al margen de que ahora abunden los indepedentistas vigilantes de no transgredir la ley para eludir la prisión. Torra puede ser diferente y quizá reserva en su pista del circo un lugar para las «tendencias suicidas de los catalanes», de las que hablaba Vivens Vives (Noticia de Catalunya, 1954), y eso puede dejar de ser «friki» para convertirse en trágico.