Nuestra patria

Tomás Gómez

Aunque a muchos no se lo parezca aún, el Sr. Rivera está siendo sobrepasado por el personaje que él mismo ha construido. Nunca pensó que su lucha contra el separatismo le iba a reportar tantos beneficios electorales y ahora no está dispuesto a abandonar esa zona de confort, lo malo es que se ha quedado anoréxico en el resto de propuestas por temor a perder apoyos.

En los últimos meses, ha ido dirigiendo su iconografía y sus mensajes hacia la bandera y los esloganes en torno a España. Nada que objetar, si no fuera porque después del acto del pasado domingo los del partido naranja han traspasado una peligrosa frontera, la del nacionalismo centralista.

Es bien sabido que no es lo mismo patriotismo que nacionalismo. Los patriotas comparten un sentimiento de identidad cultural que representa la lealtad hacia la patria. Se expresa en acciones de respeto a su acervo cultural, al idioma o a sus valores.

Mantienen comunión con la idiosincrasia del país al que se considera patria, tratan de incorporar a todo el mundo a un proyecto civil. El patriotismo no es de derechas ni de izquierdas, es un nexo afectivo con una identidad.

Sin embargo, el nacionalismo es excluyente, considera la nación superior a las demás y está por encima de todo. La diferencia básica entre patriotismo y nacionalismo es que el patriotismo no necesita enemigo, el nacionalismo sí, porque se nutre de la diferencia y no de la solidaridad, del énfasis en lo que separa y no en lo que une.

La deriva de Ciudadanos hacia el nacionalismo centralista es evidente, la prueba es que obtiene mejores resultados cuanto más virulento y radical es el nacionalismo periférico.

No es una estrategia inteligente, ni honesta con España, azuzar los peores sentimientos y apelar a las vísceras, puede ser rentable electoralmente a corto plazo, pero es perverso.

Quizá por eso hay algo que no termina de convencer a la sociedad española del líder naranja. La intuición de la gente le lleva a desconfiar de la ambigüedad de Ciudadanos entre un patriotismo-populista y el nacionalismo centralista que tanto daño ha hecho.

No termina de cuajar, de ahí el fracaso de apoyos que tuvo la plataforma ciudadana que presentó el domingo ante 1.000 militantes. Lejos de visualizar un apoyo cuantitativo y cualitativo que apuntase a un vuelco en el apoyo social, se escenificó justo lo contrario y si alguien lo duda, recuérdese la plataforma de apoyo al “No a la guerra” que lideró el presidente Zapatero.

Con un Partido Popular al que no le puede ir peor, un alter ego por la derecha que sobreactúa en la cuestión territorial y muestra sus carencias en casi todo, el PSOE debería aprovechar para reconstruir su discurso.

Es innegable que renunció durante algún tiempo al patriotismo, al término en sí mismo y a su contenido, consecuencia de los daños y secuelas ideológicas que dejó la dictadura y el nacionalismo español que encarnaba.

El afecto del Partido Socialista por los nacionalismos catalán y vasco, que era consecuencia de la lucha antifranquista, nubló la nitidez en el rechazo que tuvo históricamente con respecto a ellos. Además, eliminó de su vocabulario la palabra patria por considerar que tenía cierto tufillo del régimen.

Ha llegado el momento para el PSOE de deshacerse de prejuicios, debe reivindicar con énfasis el patriotismo español, entendido como amor a lo propio, pero por la misma razón también el europeo y el patriotismo catalán, que es lo más radicalmente contrario a un separatista. Debe hacerlo porque la zona de confort del Sr. Rivera es inhóspita para la idea de patria.